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La verdadera Iglesia de Dios...

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jueves, 8 de diciembre de 2016

Ritual de la Coronación de una imagen de Santa María Virgen

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San Juan Pablo II corona la Virgen del Carmen en Cusco (Perú, 1985)


Introducción del «Ritual de coronación de una imagen de santa María Virgen» 1

I.

NATURALEZA Y SIGNIFICADO DEL RITO

1. La santa Madre Iglesia no ha dudado en afirmar repetidamente la legitimidad del culto tributado a las imágenes de Cristo, de su Madre y de los santos, y con frecuencia ha adoctrinado a los fieles sobre el significado de este culto. 2

2. La veneración a las imágenes de santa María Virgen frecuentemente se  manifiesta adornando su cabeza con una corona real. Y, cuando en la imagen la santa Madre de Dios lleva en los brazos a su divino Hijo, se coronan ambas imágenes. Al efectuar el rito, se ciñe primero la corona a la imagen del Hijo y luego a la de la Madre. (Con esto, la liturgia pretende dejar en claro el hecho de que la realeza de la Madre es una participación de la de su Hijo, en la cual halla su fundamento y su razón de ser. En líneas generales, la gloria de los santos, con María a la cabeza, es, en definitiva la del mismo Jesucristo a Quien aquellos reflejan y de Quien son fieles imitadores).

3. La costumbre de representar a santa María Virgen ceñida con corona regia, data ya de los tiempos del Concilio de Éfeso (del año 431), lo mismo en Oriente que en Occidente. Los artistas cristianos pintaron frecuentemente a la gloriosa Madre del Señor sentada en solio real, adornada con regias insignias y rodeada de una corte de ángeles y de santos del cielo. En esas imágenes no pocas veces se representa al Divino Redentor ciñendo a su Madre con una refulgente corona. 3

Origen del rito

4. La costumbre de coronar las imágenes de santa María Virgen fue propagada en Occidente por los fieles, religiosos o laicos, sobre todo desde finales del siglo XVI. Los Romanos Pontífices no sólo secundaron esta forma de piedad popular, sino que, además, «muchas veces, personalmente con sus propias manos, o por medio de Obispos por ellos delegados, coronaron imágenes de la Virgen Madre de Dios ya insignes por la veneración pública.»4 Y, al generalizarse esta costumbre, se fue organizando el rito para la coronación de las imágenes de santa María Virgen, rito que fue incorporado a la liturgia romana en el siglo XIX. 5
Adviértase que el origen del rito tuvo lugar por iniciativa más de los fieles que de sus pastores. Es lo que quiere significar el verbo "secundaron".

5. Con este rito reafirma la Iglesia que santa María Virgen con razón es tenida e invocada como Reina, ya que es:

-Madre del Hijo de Dios y Rey mesiánico: María, en efecto, es Madre de Cristo, el Verbo encarnado, por medio del cual «fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades»; 6

-Madre del Hijo de David, acerca del cual dijo el ángel con palabras proféticas: «Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin»; 7 de ahí que Isabel, llena del Espíritu Santo, saludó a la Santísima Virgen, que llevaba a Cristo en su seno, como «Madre del Señor»; 8

-es colaboradora augusta del Redentor: pues la Santísima Virgen, como nueva Eva, por eterno designio de Dios, tuvo una relevante participación en la obra salvadora con la que Cristo Jesús, nuevo Adán, nos redimió y nos adquirió para Sí, no con oro y plata efímeros, sino a precio de su Sangre, 9 e hizo de nosotros un reino para nuestro Dios; 10

-es perfecta discípula de Cristo: la Virgen de Nazaret, dando su asentimiento al plan divino, avanzando en su peregrinación de fe, escuchando y guardando la Palabra de Dios, manteniéndose fielmente unida a su Hijo hasta la Cruz, perseverando en la oración con la Iglesia, intensificando su amor a Dios, se hizo digna, de modo eminente, de «la corona merecida» 11, «la corona de la vida»,12 «la corona de gloria» 13 prometida a los fieles discípulos de Cristo; y, por ello, «terminado el curso de la vida terrena, fue asunta en alma y cuerpo a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan y vencedor del pecado y de la muerte»; 14

-es miembro supereminente de la Iglesia: esclava del Señor, que fue  coronamiento del antiguo Israel y aurora santa del nuevo pueblo de Dios 15 María es «la parte mayor: la parte mejor, la parte principal y más selecta» de la Iglesia; 16 bendita entre las mujeres. por el singular ministerio a ella encomendado para con Cristo y todos los miembros de su Cuerpo místico, como también por la riqueza de virtudes y la plenitud de gracia, María sobresale entre la raza elegida, el sacerdocio real, la nación consagrada, 17 que es la Iglesia; y, por ello, con toda justicia es invocada como Señora de los hombres y de los ángeles y como Reina de todos los santos. Y la gloria de la Santísima Virgen, hija de Adán y hermana de los hombres, no sólo honra al pueblo de Dios, sino que  ennoblece a todo el género humano. 18
6. Al Obispo de la diócesis, juntamente con la comunidad local, corresponde juzgar sobre la oportunidad de coronar una imagen de la Santísima Virgen María. Pero téngase en cuenta que solamente es oportuno coronar aquellas imágenes que, por la gran devoción de los fieles, gocen de cierta popularidad, de tal modo que el lugar donde se veneran haya llegado a ser la sede y como el centro de un genuino culto litúrgico y de activo apostolado cristiano. Con el tiempo conveniente, antes de la celebración del rito, se ha de instruir a los fieles sobre su significado y sobre su carácter exclusivamente religioso, para que puedan participar con fruto en la celebración y sepan entenderla debidamente.

De modo que un sacerdote, sin la autorización del Obispo, no está facultado para decidir la coronación de imágenes ni para llevarla a cabo (Cf. infra, 8). La "popularidad" de la que deben gozar las imágenes por coronar, ha de trascender los meros límites jurisdiccionales de la comunidad que cuenta con la venerada imagen.

7. La diadema o corona que se ponga a una imagen ha de estar confeccionada de materia apta para manifestar la singular dignidad de la Santísima Virgen; sin embargo, evítese la exagerada magnificencia y fastuosidad, así como el deslumbramiento y derroche de piedras preciosas que desdigan de la sobriedad del culto cristiano o puedan ser algo ofensivo a los fieles, por su bajo nivel de vida.

Muy importante es el parágrafo precedente, pues exhorta a una sabia conciliación entre la belleza y la dignidad de la corona, por un lado, y necesaria sobriedad, por el otro. La Virgen merece lo mejor de lo que sus hijos quieran y puedan darle. Sería ofensivo a ella y a los fieles querer honrarla con tal ostentación que los hijos vieran en la Madre el fruto de algo que necesariamente haya significado una privación involuntaria para ellos.

II.
MINISTRO DEL RITO

8. Es conveniente que el rito sea oficiado por el Obispo diocesano; si él no pudiera personalmente, lo encomendará a otro Obispo, o a un presbítero, con preferencia a alguno que haya sido activo colaborador suyo en la cura pastoral de los fieles en cuya iglesia se venera la imagen que va a ser coronada. (Por ejemplo, uno de sus vicarios generales). Si se va a coronar la imagen en nombre del Romano Pontífice, obsérvense las normas que se indiquen en el Breve apostólico. 

III.

ELECCIÓN DEL DÍA Y DE LA ACCIÓN LITÚRGICA

9. El rito de la coronación ha de realizarse en alguna solemnidad (Inmaculada Concepción, Maternidad Divina, Asunción o celebración patronal del Calendario particular) o fiesta de santa María Virgen (Visitación, Natividad o celebración patronal del Calendario particular), o en algún otro día festivo (como en el marco de un Congreso Eucarístico o Mariano, con motivo de una Visita papal o de un Sínodo, etc). Pero no conviene hacerla ni en las grandes solemnidades del Señor (Navidad, Epifanía, Pascua, Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus Christi, Corazón de Jesús, Cristo Rey) ni tampoco en días de carácter penitencial (Como los cuaresmales. En la liturgia actual -a diferencia de antes- no han de entenderse como días estrictamente penitenciales los que corresponden al Tiempo de Adviento, de modo que no sería inoportuno llevar a cabo el rito en este tiempo de gozo y esperanza, el cual, por cierto, está enriquecido con un profundo espíritu mariano. Aparte de la Inmaculada Concepción en su solemnidad, hay otras imágenes que sería oportuno coronar en el Adviento debido a la estrecha relación que guardan con el misterio de la Encarnación del Señor: Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora de la Dulce Espera, la Virgen Macarena, la de la Anunciación, etc).

10. Según las circunstancias, la coronación de la imagen de la Santísima Virgen María puede hacerse dentro de la Misa, en las Vísperas de la Liturgia de las Horas, o en una adecuada celebración de la Palabra de Dios. (De lo que deducimos la necesidad de inscribir el rito en el marco de una celebración litúrgica. Cf. infra, 11).


San Juan Pablo II corona la Virgen de la Caridad del Cobre (Cuba, 1998)

IV.

COSAS QUE HAY QUE PREPARAR

11. Para el rito de la coronación, además de lo necesario para el acto litúrgico al que se une, se ha de preparar:

-el Ritual de la coronación; (que se halla en el Pontifical Romano).
-el Leccionario Romano; (para la proclamación de las lecturas seleccionadas).
-la corona o coronas (si se coronará también la imagen del Niño en brazos de su Madre), dispuestas en un lugar conveniente;
-el recipiente del agua bendita con su aspersorio;
-el incensario con la naveta del incienso y la cucharilla.

12. Las vestiduras sagradas han de ser de color blanco o festivo (con el adjetivo "festivo" ha de entenderse un ornament que, aunque pueda no estar confeccionado con los colores litúrgicos habituales, se destaque entre los demás por la sobria belleza de su entramado), a no ser que se celebre una Misa que requiera ropa de otro color (Por ejemplo, en el Tiempo de Adviento, el morado, o, si es el tercer domingo, el rosado (cf. núm.9).

Si se celebra misa, prepárese;

-para el Obispo: alba, estola, casulla, mitra y báculo pastoral;
-para los diáconos: albas, estolas y, si parece oportuno, dalmáticas;
-para el lector y los demás ministros: albas u otras vestiduras legítimamente admitidas.


Notas

1. Introducción del Ordo coronandi imaginem Beata Mariae Virginis, promulgado el 25 de marzo de 1981. Edición latina: Typis Polyglottis Vaticanis 1981; Not 17 (1981), pp. 246-267.
2. Cf. Concilio Niceno II, año 787: Mansi 13,378-379; Concilio Tridentino, Sesión XXV: Mansi 33, 171-172; Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 111; Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 67; PABLO VI, Exhortación apostólica Marialis cultus, de 2 de febrero de 1974; AAS 66 (1974), pp. 113-168.
3. Cf. Pío XII, Encíclica Ad Caeli Reginam, de 11 de octubre de 1954: AAS 46 (1954), pp. 632-633.
4. Ibid: AAS 46 (1954), p. 633.
5. Con el título Ritus servandus in coronatione imaginis Beata Mariae Virginis, se incluyó en el Pontifical Romano el Ordo compuesto en el siglo XVII, que se utilizaba para coronar las imágenes en nombre del Cabildo Vaticano.
6. Col 1, 16.
7. Lc 1, 32-33.
8. Cf. Lc 1, 41-43.
9. Cf. 1Pe 1, 18-19.
10. Cf. Ap 5, 10
11. Cf. 2 Tm 4, 8
12. Cf. St 1, 12; Ap 2, 10.
13. Cf. 1 Pe 5, 4.
14. CONCILIO V ATICANO II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 59.
15 Cf. VEN. GERHOH DER REICHERSBERG, De gloria et honore Filii hominis, X, 1: PL, 194, 1105.  
16. PABLO VI, Alocución a los Padres conciliares al final de la tercera sesión del Vaticano II, de 21 de noviembre de 1964: AAS 56 (1964), p. 1014; cf. RUPERTO, In Apocalypsim commentarium, lib. VII, cap. 12: PL 169, 1043.
17. Cf 1Pe 2, 9
18. Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica Marialis cultus, de 2 de febrero de 1974: AAS 66 (1974), pp. 162-163.



8 de diciembre de 2016, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Entrada dedicada a ella.


 


lunes, 5 de diciembre de 2016

Guion: Domingo III de Adviento ("Gaudete")



San Juan Bautista en prisión


Para profundizar sobre las características del Tiempo de Adviento hacer clic aquí.


Este Domingo posee características peculiares que conviene consultar haciendo clic aquí.


Ciclo A

Introducción

I

Hoy, tercer domingo de Adviento, se renueva el feliz anuncio: Gaudete in  Domino semper, "Estén siempre alegres en el Señor" (Flp 4, 4). Son palabras  tomadas de la carta de san Pablo a los filipenses, que caracterizan la liturgia de hoy.

Esta invitación a la alegría tiene una motivación muy precisa: Dominus prope est: "El Señor está  cerca" (Flp 4, 5), , verdad familiar para el israelita piadoso,  que le da confianza y consuelo; verdad que tiene su fundamento pleno en Cristo.  En efecto, en Él Dios se hizo cercano a todo hombre: Él es el Mesías, el  "Emmanuel", el "Dios con nosotros" (cf. Is 7, 14; Mt 1, 23). La alegría es el  centro del evangelio de la Navidad. (San Juan Pablo II, Ángelus, 16/12/01).
 
Es la Eucaristía dominical la que nos hace, por así decirlo, "contemporáneos" de los Misterios del Señor.

O bien:

II

Una insistente invitación a la alegría caracteriza la liturgia de este tercer  domingo de Adviento, llamado domingo Gaudete; esta precisamente es la primera palabra de la antífona de entrada. "Regocíjense",  "alégrense". Además de la vigilancia, la oración y la caridad, el Adviento nos  invita a la alegría y al gozo, porque ya es inminente el encuentro con el Salvador. (San Juan Pablo II, Homilía, 16/12/01)

Con estos sentimientos, participemos fervorosamente de la Eucaristía del día del Señor.

III

Gaudete in Domino semper, "estad siempre alegres en el Señor" (Flp 4, 4). Con estas palabras de san Pablo se inicia la santa misa del III domingo de Adviento, que por eso se llama domingo Gaudete. El Apóstol exhorta a los cristianos a alegrarse porque la venida del Señor, es decir, su vuelta gloriosa es segura y no tardará. La Iglesia acoge esta invitación mientras se prepara para celebrar la Navidad, y su mirada se dirige cada vez más a Belén. En efecto, aguardamos con esperanza segura la segunda venida de Cristo, porque hemos conocido la primera (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 16/12/07).

Con la alegría esperanza de la fe, celebremos esta Eucaristía dominical.


Luego del saludo inicial, y, si se cree conveniente, en lugar del Acto penitencial, puede realizarse el rito de la Corona de Adviento. En otra entrada de este blog, se ofrece un modelo de oración para el encendido de cada cirio. Hacer clic aquí.  

Se omite el himno Gloria in excelsis.


Liturgia de la Palabra

Primera lectura: Is. 35, 1-6a. 10

En un "verdadero himno a la alegría", el profeta Isaías anuncia las maravillas que el Señor realizará en favor de su pueblo. Su Venida hará revivir plenamente la alegría de la comunión con Dios (Ídem supra, II).

O bien:

"Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios. (...) Viene a salvarlos" (Is 35, 4). 
¡Cuánta confianza infunde esta profecía mesiánica, que permite vislumbrar la verdadera y definitiva liberación, realizada por Jesucristo (Ídem). 

Segunda lectura: Sant. 5, 7-10

"El Adviento nos invita a la alegría, pero, al mismo tiempo, -como nos va a decir el apóstol Santiago- nos exhorta a esperar con paciencia la venida ya próxima del Salvador" (Ídem).

O bien:

A la luz de las palabras de Santiago, "el Adviento nos llama a potenciar la tenacidad interior y la resistencia del alma que nos permiten no  desesperar en la espera de un bien que tarda en venir, sino esperarlo, es más, preparar su venida con confianza activa" (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 12/12/10).

Evangelio: Mt. 11, 2-11

La pregunta del santo Precursor Juan obtiene una respuesta inmediata:

¡Cristo es el Mesías! En Él "se cumplió el tiempo de la espera. Dios realizó finalmente la salvación para todo hombre y para la humanidad entera" (Ídem, supra II).


Oración de los fieles

R. Que tu Nacimiento sea nuestro gozo, Señor.

O bien:

R. Jesús, alégranos con tu Natividad.

-Por la Iglesia, llamada a proclamar la alegría de tu Evangelio. R.

-Por el Santo Padre, obispos y presbíteros, que son los únicos que pueden hacerte sacramentalmente presente. R.

-Por los que viven sumidos en el odio, la tristeza y el desánimo. R.

-Por los pecadores que descreen de la infinita Misericordia de Dios. R.

-Por los niños que carecen de un hogar y del calor de una familia. R.

-Por nosotros, que acudimos aquí sedientos de la auténtica alegría. R.

A continuación, se propone como otra oración conclusiva de las preces, una colecta alternativa a la de este domingo, tomada de la edición italiana del Misal Romano y traducida al castellano. Se reemplaza la conclusión trinitaria larga, propia de toda colecta, por la breve, típica de las demás oraciones litúrgicas:

"Sostén, oh, Padre, con la fuerza de tu amor, nuestro camino hacia el encuentro de Aquel que viene, y haz que, perseverando en la paciencia, madure en nosotros el fruto de la fe, y acojamos con acción de gracias el Evangelio de la alegría. Por Jesucristo, nuestro Señor".


Ofertorio 

Lo describía la Epístola del santo apóstol Santiago, que hoy escuchamos:

Aguardando pacientemente, hemos esperado estos frutos preciosos de la tierra que son el pan y el vino. Llevémoslos al Altar y la Omnipotencia de Dios no nos hará esperar en devolvérnoslos como Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Se emplea el Prefacio de Adviento I o II (o V, que algunas Conferencias Episcopales han incorporado a sus Misales, con autorización de la Santa Sede). Cuando este domingo coincida con el 17 de diciembre, se emplea el Prefacio III o el IV).


Comunión

El pan y el vino, frutos selectos de la tierra, vuelven ahora a nosotros como la Carne y la Sangre del Mesías que esperamos. Aradezcamos este Santísimo Sacramento de amor y esperanza, que Dios nos ofrece como hijos.

Conviene que el sacerdote imparta la Bendición solemne de Adviento. Lo mismo vale para los días entre el 17 y el 24 de diciembre, que son ferias privilegiadas de este bendito tiempo.


Despedida

Al concluir esta celebración, encomendémonos a la protección materna de María, "Causa de nuestra alegría", para ser siempre, pero sobre todo en este tiempo, testigos creíbles de la alegría de Cristo.(Ídem, supra I).

O bien:

"Avancemos con alegría y generosidad hacia la Navidad. Hagamos nuestros los sentimientos de María, que esperó en oración y en silencio al Redentor y preparó con cuidado su Nacimiento en Belén" (Ídem, supra II).

O bien:

"También en Navidad se puede equivocar el camino, confundiendo la verdadera fiesta con una que no abre el corazón a la alegría de Cristo. Que la Virgen María ayude a todos los cristianos, y a los hombres que buscan a Dios, a llegar hasta Belén para encontrar al Niño que nació por nosotros, para la salvación y la felicidad de todos los hombres" (Ídem supra, III).


5 de diciembre de 2016, conmemoración de san Sabas, anacoreta. Entrada dedicada a él.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Bendición de los que son enviados a anunciar el Evangelio

+


Texto comentado

Bendicional:
en negro; (oración de bendición: negrita cursiva).

 
(Se conservan los números de secciones y parágrafos tal y como se hallan en el Bendicional: negrita. También en negrita me permito realzar algunas cuestiones litúrgicas del texto del Bendicional, incisos que, a mi criterio, merecen especial consideración).
Comentarios del blog: azul.

El capítulo III del Bendicional, en la parte que corresponde a las "bendiciones que se refieren a las personas", ofrece la siguiente "bendición de los que son enviados a anunciar el Evangelio":

BENDICIÓN DE LOS QUE SON ENVIADOS A ANUNCIAR EL EVANGELIO

325. Cuando los discípulos de Cristo —clérigos, religiosos, laicos— son enviados por los legítimos pastores de la Iglesia para anunciar a las gentes el misterio de la salvación, es muy conveniente celebrar un rito para implorar la bendición de Dios sobre los nuevos predicadores del Evangelio, al tiempo que se recuerda a los fieles la naturaleza y eficacia de la actividad misionera y se les anima a que con sus oraciones acompañen a los que, dotados de un carisma especial, han de partir para anunciar el Evangelio.

326. El rito de la bendición puede realizarse en una adecuada celebración de la Palabra o también en la celebración de la Eucaristía, como se indica más adelante.

327. Los ritos que aquí se proponen puede utilizarlos el presbítero, el cual, respetando la estructura del rito y sus elementos principales, adaptará la celebración a las circunstancias de los misioneros y del lugar. Si, como es aconsejable, preside el rito el Obispo, se harán las oportunas adaptaciones.

I. RITO DE LA BENDICIÓN EN LA CELEBRACIÓN DE LA PALABRA

RITOS INICIALES

328. Reunido el pueblo, el celebrante, el diácono y los ministros, cada cual con sus vestiduras propias, precedidos del crucífero y del diácono que lleva el libro de los Evangelios, se dirigen por la nave de la iglesia hacia el presbiterio, mientras el coro, junto con el pueblo, entona un canto adecuado. (Se trata de una procesión semejante a la de la entrada de la Misa aunque sin incienso ni ceroferarios).

329. Los que han de partir a anunciar el Evangelio forman parte de la procesión.

330. Terminado el canto, el celebrante dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden:

Amén.

331. Luego el celebrante saluda a los presentes, diciendo:

El Señor, que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa, esté con todos vosotros.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la Sagrada Escritura.

Todos responden:

Y con tu espíritu.

O de otro modo adecuado.

332. Luego el celebrante exhorta brevemente a los presentes para disponer su espíritu a la celebración y explicar el rito; puede hacerlo con estas palabras u otras semejantes:

Queridos hermanos: Al participar hoy en esta celebración, renováis en cierto modo la manera de obrar de la Iglesia primitiva, cuando, llena de gozo, enviaba algunos de sus hijos a otros pueblos, para ayudar a los hermanos en la fe o a los que aún no conocían a Cristo.
El envío de estos hermanos y hermanas a diversos lugares, motivado por las necesidades de la Iglesia, hará que sean más profundos los vínculos que nos unen a aquellas Iglesias particulares, y que ya se manifiestan ahora en nuestra oración.

333. Todos oran durante algún tiempo en silencio. Luego el celebrante prosigue:

Oh, Dios, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, mira tu inmensa mies y envíale operarios, para que sea predicado el Evangelio a toda criatura, y tu grey, congregada por la Palabra de vida y sostenida por la fuerza de los sacramentos, camine por las sendas de la salvación y del amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos:

Amén.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

334. Luego los lectores o el diácono (si hay lectores instituidos, a ellos les corresponde siempre la proclamación de toda lectura bíblica no evangélica) leen uno o varios textos de la Sagrada Escritura, de los que se hallan en el Leccionario Por la evangelización de los pueblos (15), intercalando los convenientes salmos responsoriales o bien espacios de silencio. La lectura del Evangelio ha de ser el acto más relevante.

335. Antes de la proclamación del Evangelio, es muy conveniente que los misioneros sean presentados a los fieles del modo siguiente: el diácono pronuncia sus nombres, indicando, si se estima oportuno, el grado o función que ejercen en el pueblo de Dios, así como la Iglesia a la que son enviados, por ejemplo:

Estos son los nombres de los que nuestra Iglesia de N , cumpliendo el mandato del Señor, envía a anunciar el Evangelio y acompaña con sus oraciones: (el compromiso de la oración por parte de los fieles manifiesta su unidad en la fe y, por tanto, su participación espiritual en la misión de aquellos que son enviados)

N. N, presbítero, a la Iglesia que está en N.

N. N,  diácono, a la Iglesia que está en N.

N. N, religioso (religiosa) del Instituto N, a la Iglesia que está en N.
N. N, laico, para el servicio de la Iglesia que está en N.
336. Si entre los misioneros que han de partir figuran religiosos o religiosas, entonces, en lugar del diácono, el superior o la superiora del Instituto notifica a los fieles sus nombres y cargos, así como el lugar al que son enviados, diciendo, por ejemplo:

De nuestro Instituto de N, impulsados por la caridad y la obediencia, parten para anunciar el Evangelio: el hermano N (por ejemplo, catequista), con destino a N; la hermana N (por ejemplo, enfermera), con destino a N.

337. Cuando el diácono los llama, los misioneros responden con alguna expresión adecuada (por ejemplo: Presente, o con algún signo (por ejemplo, poniéndose de pie). Con esto manifiestan públicamente su libre voluntad y su predisposición para llevar a cabo la importante misión que la Iglesia les encomienda.

338. Leído el Evangelio, el celebrante hace la homilía, en la cual explica las lecturas bíblicas y el significado de la celebración.

339. Terminada la homilía, los misioneros se levantan, se acercan al celebrante y se colocan de modo que todos puedan ver el rito.

PRECES

340. Sigue la plegaria común, en la que todos piden por los misioneros que han de partir y por las Iglesias a las que son enviados. Entre las invocaciones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias del momento o de los misioneros.

Invoquemos a Dios, Padre misericordioso, que ungió a su Hijo con el Espíritu Santo para que evangelizara a los pobres, vendara los corazones desgarrados y consolara a los afligidos.

Digamos confiados:

R. Que tu pueblo te alabe siempre, Señor.

Dios misericordioso y eterno, que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, te damos gracias porque diste al mundo tu Hijo, como Maestro y Redentor, R.

Tú que enviaste a Jesucristo para evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y anunciar el tiempo de gracia, dilata tu Iglesia, de modo que abarque a los hombres de toda lengua y nación, R.

Tú que llamas a todos los hombres a salir de la tiniebla y a entrar en tu luz maravillosa, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, haz que seamos verdaderos testigos del Evangelio de salvación. R.

Danos un corazón recto y sincero para escuchar tu Palabra y haz que produzca en nosotros y en el mundo obras abundantes de santidad. R.

ORACIÓN DE BENDICIÓN

341. El celebrante, según las circunstancias, imponiendo las manos conjuntamente sobre todos los misioneros que han de partir, añade a continuación la oración de bendición:

Te bendecimos y alabamos, oh, Dios, porque, según el designio inefable de tu misericordia, enviaste a tu Hijo al mundo, para librar a los hombres, con la efusión de su Sangre, de la cautividad del pecado, y llenarlos de los dones del Espíritu Santo. Él, después de haber vencido a la muerte, antes de subir a ti, Padre, envió a los apóstoles como dispensadores de su amor y su poder, para que anunciaran al mundo entero el Evangelio de la vida y purificaran a los creyentes con el baño del bautismo salvador. Te pedimos ahora, Señor, que dirijas tu mirada bondadosa sobre estos servidores tuyos que, fortalecidos por el signo de la cruz, enviamos como mensajeros de salvación y de paz. Con el poder de tu brazo, guía, Señor, sus pasos, fortalécelos con la fuerza de tu gracia, para que el cansancio no los venza. Que sus palabras sean un eco de las palabras de Cristo para que sus oyentes presten oído al Evangelio. Dígnate, Padre, infundir en sus corazones el Espíritu Santo para que, hechos todo para todos, atraigan a muchos hacia ti, que te alaben sin cesar en la santa Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

ENTREGA DE LA CRUZ (se trata de una antigua costumbre que involucra a todos los que son "enviados a anunciar el Evangelio")

342. El celebran bendice las cruces, diciendo:

Señor, Padre santo, que hiciste de la cruz de tu Hijo fuente de toda bendición y origen de toda gracia, dígnate bendecir estas cruces y haz que quienes las lleven a la vista de los hombres se esfuercen por irse transformando a imagen de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.

343. Luego los misioneros se acercan uno a uno al celebrante, el cual les entrega la cruz, diciendo:

Recibe este signo del amor de Cristo y de nuestra fe; predica a Cristo, y éste crucificado, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. 
El misionero responde:

Amén.

Recibe la cruz, la besa y vuelve a su lugar.

344. Según las circunstancias (es decir, si fueran tan numerosos los enviados que retrasarían demasiado la celebración), el celebrante pronuncia la fórmula de entrega de la cruz una sola vez para todos, diciendo en voz alta:

Recibid este signo del amor de Cristo y de nuestra fe; predicad a Cristo, y éste crucificado, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

O bien: (fórmula más específica)

Recibid la cruz, signo del amor de Cristo y de la misión para la que os ha elegido la Iglesia.
Los misioneros responden todos a la vez:

Amén.

Y se acercan al celebrante para recibir la cruz.

CONCLUSIÓN DEL RITO

345. El celebrante concluye el rito. Después de la invitación Inclinaos para recibir la bendición, u otra semejante, vuelto hacia los misioneros y con las manos extendidas, dice:

Dios, que en Cristo ha manifestado su verdad y su amor, os haga mensajeros del Evangelio y testigos de su amor en el mundo.

R. Amén.

Jesús, el Señor, que prometió a su Iglesia que estaría con ella hasta el fin del mundo, dirija vuestros pasos y confirme vuestras palabras.

R. Amén.

El Espíritu del Señor esté sobre vosotros, para que, recorriendo los caminos del mundo, podáis anunciar el Evangelio a los pobres y sanar los corazones desgarrados.

R. Amén.

Finalmente el celebrante bendice al pueblo en general:

Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.

Todos:

Amén.

346. Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.

II. RITO DE LA BENDICIÓN UNIDA A LA CELEBRACIÓN DE LA MISA

347. Cuando la bendición tiene lugar dentro de la celebración de la Misa, al elegir el formulario de la Misa hay que observar las normas siguientes:

a) en las solemnidades y en los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua se dice la Misa del día;

b) en los domingos del tiempo de Navidad, del tiempo ordinario, en las fiestas y en las memorias se dice o la Misa del día o bien la Misa Para la evangelización de los pueblos. (Con preferencia, la primera, que ha sido mencionda en primer lugar).


348. Si preside el rito el Obispo, se harán las oportunas adaptaciones.

349. En la Liturgia de la Palabra se procede en todo del modo acostumbrado, excepto lo siguiente:

a) de conformidad con las rúbricas, las lecturas se toman o de la Misa del día o de la Misa Por la evangelización de los pueblos; (16)

b) antes de la proclamación del Evangelio, es muy conveniente que los misioneros sean presentados a los fieles del modo que se indica a continuación:

350. Terminada la segunda lectura, el diácono pronuncia los nombres de los que han de partir, indicando, si se estima oportuno, el grado o la función que ejercen en el pueblo de Dios, así como la Iglesia a la que son enviados, por ejemplo:

Estos son los nombres de los que nuestra Iglesia de N, cumpliendo el mandato del Señor, envía a anunciar el Evangelio y acompaña con sus oraciones:


N. N, presbítero, a la Iglesia que está en N.

N. N, diácono, a la Iglesia que está en N.

N. N, religioso, (religiosa) del Instituto N, a la Iglesia que está en N.
N. N, laico, para el servicio de la Iglesia que está en N.

351. Si entre los misioneros que han de partir figuran religiosos o religiosas, entonces, en lugar del diácono, el superior o la superiora del Instituto notifica a los fieles sus nombres y cargos, así como el lugar al que son enviados, diciendo, por ejemplo:

De nuestro Instituto de N, impulsados por la caridad y la obediencia, parten para anunciar el Evangelio:

el hermano N, (por ejemplo, catequista), con destino N.

la hermana N, (por ejemplo, enfermera), con destino a N.

352. Cuando el diácono los llama, los misioneros responden con alguna expresión adecuada (por ejemplo: Presente), o con algún signo (por ejemplo, poniéndose de pie).

353. La lectura del Evangelio la hace uno de los diáconos o de los presbíteros que han de partir para las misiones (nunca un ministro no ordenado; y entre el presbítero y el diácono es preferible que lo haga este último, ejerciendo el ministerio que le es propio). Mientras se canta el versículo antes del Evangelio, el celebrante pone incienso; luego, omitiendo la acostumbrada bendición del diácono, dice en voz alta al diácono y a todos los misioneros:

El Evangelio que se proclama en esta casa de Dios anunciadlo de palabra y de obra a los paganos, para que les sea revelado el misterio de Cristo y de la Iglesia.

U otras palabras adecuadas.

EI diácono y los misioneros que han de partir responden:

Amén.

354. Leído el Evangelio, el celebrante hace la homilía, en la cual explica las lecturas bíblicas y el significado del rito.

ORACIÓN DE BENDICIÓN

355. Después de la homilía todos se levantan. Los misioneros que han de partir se acercan al celebrante y se quedan de pie ante él de manera que los fieles pueden ver el rito. El celebrante, imponiendo conjuntamente las manos sobre ellos, dice:

Te bendecimos y alabamos, oh, Dios, porque, según el designio inefable de tu misericordia, enviaste a tu Hijo al mundo, para librar a los hombres, con la efusión de su Sangre, de la cautividad del pecado, y llenarlos de los dones del Espíritu Santo. Él, después de haber vencido a la muerte, antes de subir a ti, Padre, envió a los apóstoles como dispensadores de su amor y su poder, para que anunciaran al mundo entero el Evangelio de la vida y purificaran a los creyentes con el baño del bautismo salvador, te pedimos ahora, Señor, que dirijas tu mirada bondadosa sobre estos servidores tuyos que, fortalecidos por el signo de la cruz, enviamos como mensajeros de salvación y de paz. Con el poder de tu brazo, guía, Señor, sus pasos, fortalécelos con la fuerza de tu gracia, para que el cansancio no los venza. Que sus palabras sean un eco de las palabras de Cristo para que sus oyentes presten oído al Evangelio. Dígnate, Padre, infundir en sus corazones el Espíritu Santo para que, hechos todo para todos, atraigan a muchos hacia ti, que te alaben sin cesar en la santa Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

ENTREGA DE LA CRUZ

356. El celebrante bendice las cruces, diciendo:

Señor, Padre santo, que hiciste de la cruz de tu Hijo fuente de toda bendición y origen de toda gracia, dígnate bendecir estas cruces y haz que quienes las lleven a la vista de los hombres se esfuercen por irse transformando a imagen de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.

357. Luego los misioneros se acercan uno a uno al celebrante, el cual les entrega la cruz, diciendo:

Recibe este signo del amor de Cristo y de nuestra fe; predica a Cristo, y éste crucificado, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

El misionero responde:

Amén.

Recibe la cruz, la besa y vuelve a su lugar.

358. Según las circunstancias (Cf. supra, 344), el celebrante pronuncia la fórmula de entrega de la cruz una sola vez para todos, diciendo en voz alta:

Recibid este signo del amor de Cristo y de nuestra fe; predicad a Cristo, y éste crucificado, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

O bien:

Recibid la cruz, signo del amor de Cristo y de la misión para la que os ha elegido la Iglesia.

Los misioneros responden todos a la vez:

Amén.

Y se acercan al celebrante para recibir la cruz.

359. Mientras, se puede cantar la antífona:

R. Proclamad día a día su victoria.

Con el salmo 95 (96), u otro adecuado.

Salmo 95 (96)

Cantad al Señor un cántico nuevo, 
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su Nombre,
proclamad día tras día su victoria. R.

Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones;
porque es grande el Señor,
y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses. R.

Pues los dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo;
honor y majestad lo preceden,
fuerza y esplendor están en su templo. R.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda;
decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente.» R.

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque, R.

delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R.

360. Sigue la plegaria común, en la cual se pide también por los misioneros que han de partir y por las iglesias a las que son enviados.

361. Mientras se ejecuta el canto de ofertorio, algunos de los misioneros que han de partir llevan oportunamente al altar el pan, el vino y el agua para la celebración de la Misa.

362. Si se estima oportuno, después que el celebrante ha dicho La paz del Señor, los misioneros se acercan uno tras otro al altar para recibir la paz del celebrante. (Excepcionalidad elocuente en el rito de la paz, que evoca el ósculo con que los antiguos cristianos sellaban cada compromiso pastoral, y más aun, en no pocos casos, hasta su propio martirio).

363. Después que el celebrante ha sumido el Cuerpo y la Sangre del Señor, los misioneros que han de partir, se acercan al altar para recibir la comunión bajo las dos especies. (Esta más significativa participación en la Eucaristía por razón del signo -aunque no de menor importancia que cuando se trata de una sola especie- hace patente la fortaleza del Alimento celestial con que la Iglesia fortalece a los que envía).

CONCLUSIÓN DEL RITO

364. Si la Misa no tiene bendición solemne propia, puede emplearse la fórmula siguiente.

El celebrante dice:

El Señor esté con vosotros.

El pueblo responde:

Y con tu espíritu.

Luego el diácono, según la oportunidad, invita al pueblo a recibir la bendición, con estas palabras u otras semejantes:

Inclinaos para recibir la bendición.

El celebrante, con las manos extendidas sobre los misioneros, los bendice, diciendo:

Dios, que en Cristo ha manifestado su verdad y su amor, os haga mensajeros del Evangelio y testigos de su amor en el mundo.

R. Amén.

Jesús, el Señor, que prometió a su Iglesia que estaría con ella hasta el fin del mundo, dirija vuestros pasos y confirme vuestras palabras.

R. Amén.

El Espíritu del Señor esté sobre vosotros, para que, recorriendo los caminos del mundo, podáis anunciar el Evangelio a los pobres y sanar los corazones desgarrados.

R. Amén.

Finalmente el celebrante bendice al pueblo en general:

Y a todos vosotros, que estáis aquí presentes, os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo.

Todos:

Amén.

15 Cf. Missale romanum, Ordo Lectionum Missae, núms. 872-876.
16 Cf. Missale romanum, Ordo Lectionum Missae, núms. 872-876.


3 de diciembre de 2016, memoria litúrgica de san Francisco Javier, religioso, patrono de las misiones. Entrada dedicada a él.



lunes, 28 de noviembre de 2016

Guion: Domingo II de Adviento


Prédica de San Juan Bautista


Para profundizar sobre las características del Tiempo de Adviento hacer clic aquí.


Ciclo A

Introducción

Hermanos:

"El Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza. Cada año, esta actitud  fundamental del espíritu se renueva en el corazón de los cristianos que, mientras se  preparan para celebrar la gran solemnidad del Nacimiento de Cristo Salvador, reavivan la  esperanza de su vuelta gloriosa al final de los tiempos. La primera parte del Adviento insiste precisamente en la Parusía, la última Venida del Señor. (San Juan Pablo II, Ángelus, 09/12/01).

Iluminados por los textos de esta liturgia dominical, preguntémonos si estamos preparados para recibir al Señor que viene.

Luego del saludo inicial, y, si se cree conveniente, en lugar del Acto penitencial, puede realizarse el rito de la Corona de Adviento. En otra entrada de este blog, se ofrece un modelo de oración para el encendido de cada cirio. Hacer clic aquí.  

Se omite el himno Gloria in excelsis.


Liturgia de la Palabra

Primera lectura: Is. 11, 1-10

En el fecundo árbol genealógico de David, el profeta Isaías anuncia el brote del eterno Retoño que es el Mesías de Dios que trae la paz y la concordia a la humanidad.

Segunda lectura: Rom. 15, 4-9

"Imitar a Jesucristo". Es la invitación que nos dirige san Pablo para que aprendamos a ser auténticos servidores del Señor en la persona de los hermanos. Un gran desafío para este Adviento.

Evangelio: Mt. 3, 1-12

San Juan Bautista, el mayor de los profetas, hace un serio llamamiento a la conversión. Con humildad, acojamos sus palabras aquí y ahora, en el hoy de este tiempo litúrgico de Adviento.


Oración de los fieles

R. Ven, Señor, Rey de justicia y de paz.

-Para que la Iglesia pueda gozar de tiempos de paz y unidad, y se reconozca la autoridad espiritual del Papa entre los seguidores de otros credos y aun entre los no creyentes. R.

-Para que los que los responsables de los destinos de las naciones, gobiernen a los pueblos con justicia y a los pobres con rectitud. R.

-Para que los eventos y obligaciones de fin de año no nos distraigan del espíritu de preparación para la Navidad, propio del Adviento. R.

-Para que en nuestros hogares, el armado de la Corona de Adviento, del árbol, del pesebre y las otras prácticas piadosas propias de este tiempo, contribuyan a acrecentar nuestra fe y a fortalecer los vínculos familiares. R.

-Para que el Espíritu del Señor se manifieste en los corazones de aquellos que hacen mal uso de su libertad, dedicándose a la burla y a la ridiculización de lo sagrado. R.

A continuación, se propone como otra oración conclusiva de las preces, una colecta alternativa a la de este domingo, tomada de la edición italiana del Misal Romano y traducida al castellano. Se reemplaza la conclusión trinitaria larga, propia de toda colecta, por la breve, típica de las demás oraciones litúrgicas:

"Dios de los vivos, suscita en nosotros el deseo de una verdadera conversión, para que renovados por el Espiritu Santo, en toda relación humana sepamos llevar a cabo la justicia, la ternura y la paz, que la Encarnación de tu Verbo hizo brotar en la Tierra. Por Jescristo, nuestro Señor. Amén".


Ofertorio

Adviento, tiempo de espera y de siembra.
Los dones que llevamos al Altar testifican la omnipotencia y la generosidad del Señor, el Cual, de cualquier humilde siembra puede hacer surgir una grandiosa cosecha.
Por lo tanto, aun reconociendo nuestra pequeñez, seamos sembradores de esperanza con cada acto de nuestra vida.

Se emplea el Prefacio de Adviento I o II (o V, que algunas Conferencias Episcopales han incorporado en sus Misales, con la autorización de la Santa Sede).


Comunión
 
Jesucristo, Pan del Cielo, tenemos hambre de Ti y deseamos recibirte como Tú quieres ser recibido: con un corazón nuevo, dispuesto a luchar más tenazmente contra los vicios que nos dificultan la plena comunión Contigo.


Ofrezcamos la Comunión de hoy por esta intención, puesta ya la mirada en una fructuosa celebración de la próxima Navidad.

Conviene que el sacerdote emplee la Bendición solemne de Adviento.


Despedida

Que María, Virgen de la espera y Madre de la esperanza, reavive en toda  la Iglesia el espíritu del Adviento, para que la humanidad entera se vuelva a poner  en camino hacia Belén, donde vino y de nuevo vendrá a visitarnos el Sol que nace de lo alto (cf. Lc. 1, 78), Cristo nuestro Dios. (Ídem supra).


28 de noviembre de 2016, conmemoración de santa Catalina Labouré, vidente de la Virgen Milagrosa y destinataria del pedido de la Madre de acuñar la sagrada Medalla. En el año 210° aniversario del nacimiento y en el 140° de la muerte terrena de la santa. Entrada dedicada a ambas.



 

domingo, 27 de noviembre de 2016

Bendición de los objetos destinados a ejercitar la piedad y la devoción


Medalla Milagrosa


Bendicional: en negro; (oración de bendición: negrita cursiva).
(Se conservan los números de secciones y parágrafos tal y como se hallan en el Bendicional: negrita. También en negrita me permito realzar algunas cuestiones litúrgicas del texto del Bendicional, incisos que, a mi criterio, merecen especial consideración).
Comentarios del blog: azul.

El capítulo XLIII del Bendicional ofrece la siguiente bendición:

BENDICIÓN DE LOS OBJETOS DESTINADOS A EJERCITAR LA PIEDAD Y LA DEVOCIÓN

1346. El presente rito debe utilizarse en la bendición de medallas, pequeñas cruces, imágenes religiosas que no se han de exponer en lugares sagrados, escapularios, coronas y objetos similares que se usan para la práctica de ejercicios piadosos.

1347. Principalmente en los santuarios o lugares de peregrinación que se distinguen por la afluencia de fieles, esta bendición de objetos piadosos suele efectuarse en una celebración común y puede incluirse de modo conveniente en las celebraciones que tienen lugar para los peregrinos.

1348. Este rito pueden utilizarlo el sacerdote y el diácono, los cuales, respetando su estructura y elementos principales, adaptarán la celebración a las circunstancias del momento y de las personas.

1349. Si la bendición se celebra para un solo objeto, el ministro puede emplear el Rito breve indicado al final de este capítulo, núms. 1363-1366, o, en determinadas circunstancias, sólo la fórmula breve descrita en el núm. 1367, que consiste en la sola Señal de la Cruz con las palabras que normalmente la acompañan.

I. RITO DE LA BENDICIÓN

RITOS INICIALES

1350. Reunido el pueblo, el celebrante dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden:

Amén.

1351. Luego el celebrante saluda a los presentes, diciendo:

La gracia, la misericordia y la paz del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo estén con todos vosotros.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la Sagrada Escritura.

Todos responden:

Y con tu espíritu.

O de otro modo adecuado.

1352. El celebrante dispone a los presentes para la celebración de la bendición, con estas palabras u otras semejantes: (la exhortación al testimonio de vida en la monición que sigue a continuación "conjura" la muchas veces pretendida utilización de tales objetos de manera supersticiosa)

Los objetos piadosos que habéis traído para bendecir muestran, cada uno a su manera, vuestra fe, ya que sirven para recordar el amor de nuestro Señor, o también para aumentar vuestra confianza en la ayuda de la Santísima Virgen María y de los santos. Al pedir la bendición del Señor sobre estos objetos e imágenes, lo que hemos de procurar ante todo es dar el testimonio de vida cristiana que de nosotros exige el uso de estos objetos.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

1353. Luego el lector, uno de los presentes o el mismo celebrante, lee un texto de la sagrada Escritura, seleccionado principalmente entre los que se proponen a continuación.

También pueden emplearse otros textos adecuados al rito.

2 Co 3, 17b—4, 2: Reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del apóstol san Pablo a los Corintios:

Donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Y nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu. Por eso, encargados de este ministerio por misericordia de Dios, no nos acobardamos; al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante, dejándonos de intrigas y no adulterando la Palabra de Dios; sino que, mostrando nuestra sinceridad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre delante de Dios.

Palabra de Dios.

1354. Pueden también leerse: Rm 8, 26-31; ICo 13, 8-13; I Co 15,45-50; 2 Co 4, 1-7; Ga 1, 1. 3-5; 2, 19b-20; Ef 3, 14-21; Col 3, 14-17; Lc 11, 5-13; Le 18, 1-8.

1355. Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.

Salmo responsorial Sal 99 (100), 2. 3. 4. 5 (R.: 5b)

R. La misericordia del Señor es eterna.

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre. R.

«El Señor es bueno, 
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.» R.

1356. O bien:

Sal 122 (123), 1. 2. 3-4

R. (1) A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.

Sal 138 (139), 1-2. 3-4. 5-6. 7-8. 9-10

R. (cf. 4b) Tú, Señor, lo sabes todo.

Sal 150, 1-2. 3-4. 5

R. (2a) Alabad al Señor por sus obras magníficas.

1357. Después de la lectura, se hace oportunamente la homilía, en la cual el celebrante explica la lectura y el significado del rito.

1358. Antes de la oración de bendición puede hacerse la plegaria común. Entre las invocaciones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras directamente relacionadas con las circunstancias de los presentes o del momento.

Nosotros, hermanos, no queremos tener un semblante de piedad, sino que la profesamos de corazón; por esto, invoquemos al Señor, diciendo: (adviértase la mención de la piedad como don del Espíritu Santo en la súplica responsorial de las subsiguientes preces, y la presencia explícita o implícita del binomio "material/espiritual")

R. Envíanos, Señor, el espíritu de piedad.

Dios clementísimo, que quieres que recordemos siempre tus maravillas,
—haz que la visión corporal de estos objetos materiales nos eleve a la contemplación de los signos de tu misericordia. R.

Tú que deseas que te demos culto en espíritu y verdad,
—concédenos que, con la ayuda de estos objetos y de lo que significan, practiquemos siempre la justicia y la piedad. R.

Tú que, por medio de tu Hijo, nos diste el mandato de orar siempre,
—haz que, dedicándonos a la oración, podamos llevar una vida con toda piedad y decoro. R.

Tú que, en tu Iglesia, distribuyes de manera admirable diversidad de ayudas para nuestra santidad y piedad,
—haz que lo que recibimos de manos de la Iglesia lo utilicemos para crecimiento de ella. R.

La última de estas preces pone de manifiesto que así como los pecados de algunos miembros manchan todo el Cuerpo de la Iglesia, de la misma manera, la correcta práctica de la piedad y de la devoción por parte de otros, lo embellecen sobremanera.

Sigue la oración de bendición, como se indica más adelante.

1359. Cuando no se dicen las preces, antes de la oración de bendición el celebrante dice:

Oremos.

Y todos oran durante algún tiempo en silencio. 
Luego el celebrante dice la oración de bendición.

ORACIÓN DE BENDICIÓN

1360. El celebiante, con las manos extendidas, dice:

Bendito seas, Señor, fuente y origen de toda bendición, que te complaces en la piedad sincera de tus fieles; te pedimos que atiendas a los deseos de tus servidores y les concedas que, llevando consigo estos signos de fe y de piedad, se esfuercen por irse transformando en la imagen de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.

R. Amén.


CONCLUSIÓN DEL RITO

1361. El celebrante concluye el rito, diciendo:

Dios, que en Cristo nos ha revelado su gloria, haga que vuestra vida sea imagen suya, para que podáis un día gozar de su presencia gloriosa.

R. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R Amén.

1362. Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.

II. RITO BREVE

1363. Al comienzo, el celebrante dice:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Todos responden:

Y danos tu salvación.

1364. El celebrante dispone a los presentes para la celebración de la bendición, según las circunstancias.

1365. Uno de los presentes, o el mismo celebrante, lee algún texto de la Sagrada Escritura.

Rm 8, 26b. 27b: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables, y su intercesión por los santos es según Dios.

Col 3, 17: Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Lc 11, 9- 10: Os digo a vosotros: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.»

1366. Luego el celebrante dice, con las manos extendidas: (nótese el singular de la segunda persona gramatical)

El Señor, con su bendición, + se digne aumentar y fortalecer tus sentimientos de devoción y piedad, para que transcurra sin tropiezo tu vida presente y alcances felizmente la eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

FÓRMULA BREVE

1367. En determinadas circunstancias, el sacerdote o el diácono pueden emplear la siguiente fórmula breve:

En el nombre del Padre, y del Hijo, + y del Espíritu Santo.

R. Amén.

27 de noviembre de 2016, Domingo I de Adviento.
Entrada dedicada a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en este día aniversario de sus apariciones.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Guion: Domingo I de Adviento


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Para profundizar sobre las características del Tiempo de Adviento hacer clic aquí.


Ciclo A

Introducción

Hermanos, es una gracia de Dios poder comenzar hoy el Adviento, tiempo de esperanza, iniciando con él un nuevo Año litúrgico.
El Padre del Cielo nos invita nuevamente a contemplar con los ojos de la fe el misterio de la santa espera del Mesías, aguardado por generaciones de creyentes. También nosotros vivimos nuestra vida como un tiempo de espera de Jesús. En efecto, sabemos que volverá como Juez al final de los tiempos en un Día que solo su Eterno Padre conoce.
Demos, pues, estos primeros pasos de preparación hacia la gran celebración anual de la Navidad, conscientes de que en la historia del mundo está aún más cercano el Día de nuestro pleno y definitivo encuentro con Aquel que nos ha comprado al precio de su Sangre preciosa.

O bien:

Con este primer domingo de Adviento comienza un nuevo Año litúrgico. La Iglesia reanuda su camino y nos invita a reflexionar más intensamente en el  misterio de Cristo, misterio siempre nuevo que el tiempo no puede agotar. Cristo  es el alfa y la omega, el principio y el fin. Gracias a él, la historia de la  humanidad avanza como una peregrinación hacia la plenitud del Reino, que él  mismo inauguró con su encarnación y su victoria sobre el pecado y la muerte. (San Juan Pablo II, Ángelus, 02/12/01).

Vivamos intensamente este tiempo de gracia y acojamos los dones que Dios quiera ofrecernos.

O bien:

"Hoy, primer domingo de Adviento, la Iglesia inicia un nuevo Año litúrgico, un nuevo camino de fe que, por una parte, conmemora el acontecimiento de  Jesucristo, y por otra, se abre a su cumplimiento final. Precisamente de esta  doble perspectiva vive el tiempo de Adviento, mirando tanto a la primera venida  del Hijo de Dios, cuando nació de la Virgen María, como a su vuelta gloriosa,  cuando vendrá a «juzgar a vivos y muertos», como decimos en el Credo" (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 28/11/10).
Vivamos intensamente este tiempo de gracia y acojamos con corazón agradecido los dones que Dios quiera ofrecernos.

Luego del saludo inicial, que es propio, si se cree conveniente, en lugar del Acto penitencial, puede realizarse el rito de la Corona de Adviento. En este primer Domingo conviene bendecirla; para acceder al rito, hacer clic aquí. En otra entrada de este blog, se ofrece un modelo de oración para el encendido de cada cirio. Hacer clic aquí.  

Se omite el himno Gloria in excelsis.


Liturgia de la Palabra

Primera lectura: Is. 2, 1-5

La siguiente profecía de Isaías  es una promesa de paz mesiánica que se renueva constantemente entre los cristianos, pero en especial en este santo tiempo de preparación para la Navidad.

Segunda lectura: Rom. 13, 11-14a

Al comenzar el Adviento, apóstol Pablo nos exhorta a un cambio de vida, conscientes de que el paso inexorable del tiempo nos acerca al Día de nuestra salvación.

Evangelio: Mt. 24, 37-44

"El Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada".

¡Cuántas veces habremos escuchado esta afirmación sin percatarnos de su veracidad! Que este Adviento renueve en nosotros la conciencia de que debemos estar siempre vigilantes porque el Señor está a las puertas.


Oración de los fieles

R. Divino Mesías, te esperamos.

-Porque la Iglesia tiene sed de Ti y quiere saciar la que el mundo también tiene, te rogamos...R.

-Porque el Santo Padre necesita de tu protección, guía y fortaleza, te rogamos...R.

-Porque sin tu Divina Presencia nuestra vida toda es un adviento sin esperanza, te rogamos...R.

-Porque hay hermanos que viven en soledad y ya han perdido la esperanza, te rogamos...R.

-Porque los pecadores obstinados solo hallarán salvación en el océano de tu infinita Misericordia, te rogamos...R.

-Porque nos ensordece el estruendo de las armas y nos duele el clamor de las víctimas inocentes, te rogamos...R.

-Porque las almas de nuestros difuntos anhelan contemplar tu Rostro sereno, te rogamos...R.

A continuación, se propone como otra oración conclusiva de las preces, una colecta alternativa a la de este domingo, tomada de la edición italiana del Misal Romano y traducida al castellano. Se reemplaza la conclusión trinitaria larga, propia de toda colecta, por la breve, típica de las demás oraciones litúrgicas:

"Oh, Dios, Padre Misericordioso, que para reunir a los pueblos en tu Reino, has enviado tu Hijo Unigénito, fuente de verdad y reconciliación, concédenos un espíritu vigilante, para que caminemos por los senderos de la verdad y el amor, hasta contemplarte en la gloria eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén".


Ofertorio

Unamos al pan y el vino los primeros frutos de este tiempo de esperanza que en esta Eucaristía estamos iniciando solemnemente.

Se emplea el Prefacio de Adviento I o II.


Comunión

Recibamos a Jesús Eucaristía, el Dios que vino y que vendrá, el Dios que viene y que vive entre nosotros.

Conviene que el sacerdote emplee la Bendición solemne de Adviento.


Despedida

"Aprendamos de María, Mujer del Adviento, a vivir los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que sólo la venida de Dios puede colmar" (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 28/11/10).


22 de noviembre de 2016, memoria litúrgica de santa Cecilia. Entrada dedicada a ella.


martes, 22 de noviembre de 2016

Bendición de una campana


Repique de campanas en la Basílica de San Pedro


 Bendicional: en negro; (oración de bendición: negrita cursiva).
(Se conservan los números de secciones y parágrafos tal y como se hallan en el Bendicional: negrita. También en negrita me permito realzar algunas cuestiones litúrgicas del texto del Bendicional, incisos que, a mi criterio, merecen especial consideración).
Comentarios del blog: azul.

El capítulo XXXIII del Bendicional ofrece la siguiente bendición de una campana:

BENDICIÓN DE UNA CAMPANA

1142. Existe la antigua costumbre de convocar al pueblo cristiano para la asamblea litúrgica y advertirle de los principales acontecimientos de la comunidad local por medio de algún signo o sonido. Tal es la misión específica de las campanas. Efectivamente, el tañer de la campana es, de alguna manera, la expresión de los sentimientos del pueblo de Dios, cuando este pueblo exulta o llora, da gracias o suplica, se congrega y pone de manifiesto el misterio de su unidad en Cristo. Por lo que la campana que suena puede convertirse en vehículo de anuncio de los más variados sentimientos humanos y en el marco de las más diversas circunstancias.

1143. Por la íntima relación que guardan las campanas con la vida de la comunidad cristiana, arraigó la costumbre —que ha ido prevaleciendo y se ha querido conservar— de bendecirlas antes de colocarlas en el campanario. Algunas personas solían referirse al "bautismo de las campanas" puesto que en determinados lugares eran rociadas con agua bendita y también ungidas con óleo en ritos análogos a los bautismales. Hay liturgistas que incluyen a las campanas entre los llamados "vasos litúrgicos" (como el cáliz o la patena). Por esto y por la función arriba mencionada, desde hace siglos la campana es considerada como objeto de devoción que debe ser bendecido. En este sentido, dicha bendición, y luego la misma campana bendecida pueden se consideradoss dos sacramentales de la Iglesia.

1144. Conviene colgar o colocar la campana que se va a bendecir en el lugar designado de antemano, de manera que se pueda cómodamente, si se da el caso, dar la vuelta a su alrededor y hacerla sonar.  

Muy significativo es hacerla repicar luego de la bendición, como ocurrió en la Apertura de la Jornada Mundial de la Juventud de 2005, cuando el Santo Padre Benedicto XVI, en la ciudad de Colonia, en su propia tierra alemana, bendijo una campana a la que se bautizó con el nombre de "Juan Pablo II", evocando la memoria de ese gran Pontífice, fundador de las Jornadas Mundiales de la Juventud, hoy santo y también patrono de ese gran evento eclesial, por decisión del Papa Francisco. Inmediatamente después del rito de la bendición, ante miles de jóvenes de toda el mundo, se escucharon los tañidos de dicha campana mientras el coro cantaba Laudate omnes gentes, laudate, Dominum! ("¡Alaben todos los pueblos, alaben al Señor"!)

1145. Según las circunstancias del momento y del lugar, la campana se bendice en día festivo (es decir, en fiestas o solemnidades del Calendario general o de los particulares; la memoria litúrgica de la virgen y mártir santa Cecilia, patrona de la música, es también una fecha apropiada para llevar a cabo el rito), fuera de la iglesia o también dentro de ella, con el rito descrito en los núms. 1147-1161. Si se estima oportuno bendecirla dentro de la Misa, la bendición tiene lugar después de la homilía, a tenor de lo que se dice en el núm. 1162.

1146. Este rito puede utilizarlo el presbítero, el cual, respetando su estructura y los elementos principales de que consta, puede adaptar cada una de sus partes para que la celebración se ajuste mejor a las circunstancias del lugar y de las personas. Si, como es aconsejable, preside el rito el Obispo, se introducirán las oportunas adaptaciones.  

Adviértase que, a diferencia de la mayoría de las bendiciones contenidas en el Bendicional, la de una campana no puede realizarla el diácono.

RITO DE LA BENDICIÓN

RITOS INICIALES

1147. Reunida la comunidad, se entona oportunamente un canto adecuado, terminado el cual, el celebrante dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden:

Amén.

1148. Luego el celebrante saluda a los presentes, diciendo:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, que nos convoca a una misma Iglesia, y la comunión del Espíritu Santo, estén con todos vosotros.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la Sagrada Escritura.

El pueblo responde:

Y con tu espíritu.

O de otro modo adecuado.

1149. Luego el celebrante exhorta brevemente a los fieles para disponer su espíritu a la celebración y explicar el significado del rito; puede hacerlo con estas palabras u otras semejantes:

Éste es para nosotros un día de gran alegría, porque esta iglesia desde hoy tiene una nueva campana, hecho que nos da la ocasión de bendecir a Dios con esta celebración. Las campanas están en cierto modo relacionadas con la vida del pueblo de Dios: su toque, en efecto, nos señala los momentos de la oración, reúne al pueblo para las celebraciones litúrgicas, advierte a los fieles cuando se produce algún suceso importante que es motivo de alegría o de tristeza para esta parte de la Iglesia (para esta población) o para cualquiera de los fieles. Asistamos, pues, con devoción a estos ritos, para que siempre que oigamos la voz de la campana nos acordemos de que formamos todos una misma familia, y, obedientes a su voz, nos reunamos todos, como signo visible de nuestra unidad en Cristo.

La monición precedente menciona las diferentes "funciones" de la campana, presentando a los fieles creyentes como sus receptores, a partir de la metáfora de la "voz" de esa misma campana.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

1150. Luego el lector, uno de los presentes o el mismo celebrante, lee un texto de la Sagrada Escritura, seleccionado entre los que a continuación se proponen:

Mc 16, 14-16. 20: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Marcos:

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo:
—«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.»
Ellos fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra del Señor.

1151. Pueden también leerse: Nm 10, 1-8. 10; lCro 15, 11-12. 25-28; 16, 1-2; Is 40, 1-5. 9-11; Hch 2, 36-39. 41-42; Mt 3, 1-11; Mc 1, 1-8.

1152. Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.

Salmo responsorial

Sal 28 (29), 1-2. 3 y 5. 7-9. 10-11 (R.: 4)

R. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria ha tronado,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor descuaja los cedros,
el Señor descuaja los cedros del Líbano. R.

La voz del Señor lanza llamas de fuego,
la voz del Señor sacude el desierto,
el Señor sacude el desierto de Cadés.
La voz del Señor retuerce los robles,
el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» R.

El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz. R.

1153. O bien:

Sal 150, 1-2. 3-4. 5

R. (2b) Alabad al Señor por su inmensa grandeza.

1154. El celebrante, según las circunstancias, exhorta brevemente a los presentes, explicándoles la lectura bíblica, para que perciban el significado de la celebración y la finalidad de la campana.

PRECES

1155. Sigue, según las circunstancias, la plegaria común. Entre las invocaciones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias de los presentes o del momento.

Unidos en una sola voz, presentemos nuestras peticiones a Dios Padre, que quiere hermanar en su Iglesia a todos los pueblos, y digámosle:

(Nótese que, a diferencia de la mayoría de las "Preces" del Bendicional, las siguientes no contienen una súplica en sí mismas sino que se presentan como enunciados que dan pie a la única petición de la asamblea):

R Reúne en tu Iglesia a todas las naciones.

Señor y Dios nuestro, que siempre nos llamas a la unidad, para que, animados por un mismo Espíritu, recorramos el único camino de salvación. R,

Señor y Dios nuestro, que quieres que nosotros, tu pueblo, seamos una señal cada vez más cierta de tu presencia entre los hombres. R.

Señor y Dios nuestro, que nos enseñas a participar de las penas y alegrías de los hermanos, para que nuestra caridad sea más verdadera. R.

Señor y Dios nuestro, que hoy llenas de alegría espiritual nuestra asamblea, para que enseñe a los hermanos el mensaje de la salvación. R.

Sigue la oración de bendición, como se indica más adelante.

1156. Cuando no se dicen las preces, antes de la oración de bendición, el celebrante, con estas palabras u otras semejantes, invita a todos a orar, implorando la ayuda divina:

Con nuestra oración, reforcemos ahora las alabanzas y peticiones dirigidas al Padre, que nos ha reunido en este lugar.

Y, según las circunstancias, todos oran durante algún tiempo en silencio.

ORACIÓN DE BENDICIÓN

1157. El celebrante, con las manos extendidas, dice la oración de bendición:

Te bendecimos, Señor, Padre santo, porque enviaste tu Hijo al mundo, para que, con la efusión de su Sangre, reuniera a los hombres, que el pecado había dispersado, y los juntara a todos en un solo redil, a fin de que él, como único Pastor, los guiara e instruyera. Te pedimos ahora, Señor, que, al oír la invitación de la campana, tus fieles acudan a la iglesia con prontitud y alegría, y que, manteniéndose constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la concordia fraterna, en la fracción del pan y en la oración, tengan un mismo pensar y un mismo sentir, para alabanza de tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

1158. O bien:

Oh, Dios, cuya voz, ya en los orígenes del mundo, resonó en los oídos del hombre, invitándolo a la participación de la vida divina, enseñándole cosas inefables y saludables; oh, Dios, que ordenaste a Moisés, tu servidor, que empleara unas trompetas de plata para reunir al pueblo; oh, Dios, que permites a tu Iglesia utilizar campanas de bronce, que inviten a tu pueblo a la oración, bendice + esta nueva campana y haz que todos tus hijos, al oír su voz, eleven a ti sus corazones y, compartiendo las alegrías y las penas de los hermanos, vayan con prontitud a la iglesia, donde sientan a Cristo presente, escuchen tu palabra y te expongan tus deseos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.

1159. Después de la oración de bendición, el celebrante, según las circunstancias, rocía la campana con agua bendita, pone incienso y la inciensa, mientras se canta la antífona:

La incensación no es muy común en el Bendicional, como lo es la aspersión.

R. Cantad al Señor y bendecid su Nombre. Aleluya.

Con el salmo 149, u otro canto adecuado.

Salmo 149, 1-5

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey. R.

Alabad su Nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. R.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas. R.

CONCLUSIÓN DEL RITO

1160. El celebrante bendice al pueblo, con las manos extendidas sobre los fieles, diciendo: (la siguiente Bendición solemne es propia y exclusiva de este rito sacramental)

Dios, que de muchas naciones congrega una sola Iglesia, os bendiga con su clemencia a los que habéis acudido con prontitud para la bendición de esta nueva campana.

R. Amén.

Él os conceda misericordioso que, al ser convocados en la iglesia por el solemne toque de esta campana, escuchéis atentamente su Palabra.

R. Amén.

Y, así, superada toda división entre hermanos, y amándoos unos a otros con sinceridad, celebréis hermanados los Sagrados Misterios.

R. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R. Amén.

1161. Si se estima oportuno, el celebrante y los fieles hacen sonar la campana bendecida, en señal de alegría. Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.

1162. Si la bendición de la campana se hace dentro de la Misa (cf. supra, núm. 1145), debe tenerse en cuenta lo siguiente:

—se dice la Misa del día; (pues no hay una Misa propia para este rito)

—las lecturas, salvo en las solemnidades, fiestas y domingos, pueden tomarse de la Misa del día o de las que se proponen en los núms. 1150-1153;

—la bendición de la campana se hace después de la homilía, siguiendo el rito descrito en los núms. 1155-1158.


22 de noviembre de 2016, memoria litúrgica de santa Cecilia, virgen y mártir, patrona de la música. Entrada dedicada a ella.