Buscar este blog

La verdadera Iglesia de Dios...

La verdadera Iglesia de Dios...

viernes, 17 de febrero de 2017

Guion: Domingo VII del Tiempo Ordinario


Resultado de imagen para las tablas de la ley
Moisés con los Mandamientos


Ciclo A

Introducción

Cada domingo nuestra fe nos sitúa espiritualmente en el Monte Calvario para participar del Sacrificio redentor del Señor Jesucristo.

Nos enseña el Concilio de Trento que es una y la misma Víctima la que se ofrece por el ministerio de los sacerdotes. y que se ofreció a Sí misma entonces en la Cruz. Lo que cambia es el modo de ofrecerla. En el primer Viernes Santo de la historia, fue con derramamiento de Sangre; después, sin dicho derramamiento, de manera sacramental. (Cf. DS 1743).

Para perpetuar ese Acto de nuestra salvación, "la Iglesia celebra la Eucaristía a lo largo de los siglos, precisamente en continuidad con la acción de los apóstoles" (San Juan Pablo II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, 27).

Demos gracias a Dios porque nos hace partícipes de estos Sagrados Misterios.


Liturgia de la Palabra

Primera lectura: Lev. 19, 1-2. 17-18

Ya en el Antiguo Testamento se enuncia el mandato divino del amor al prójimo, que el Señor Jesucristo llevará a su máxima perfección, ante todo con el ejemplo de su propia Vida.

Segunda lectura: I Cor. 3, 16-23

San Pablo nos recuerda la dignidad de nuestro cuerpo, que es templo del Espíritu Santo, y nuestra pertenencia a Cristo, Hijo de Dios y Dios Él mismo.

Evangelio: Mt. 5, 38-48

Con su Divina Autoridad, Jesús perfecciona los Mandamientos de la Ley y nos enseña en qué consiste la verdadera caridad.

 
Oracion de los fieles

Las siguientes preces, con las necesarias adaptaciones, están tomadas de la Santa Misa con el rito de beatificación de la Madre Teresa de Calcuta (hoy santa), presidida por Juan Pablo II (también hoy santo), el 19 de octubre de 2003 en la Plaza de San Pedro:

Acerquémonos al Trono de la gracia, confiando en la mediación del Gran Sacerdote Jesucristo, que ha compartido la suerte de la humanidad y ahora, glorioso en el Padre, intercede continuamente por nosotros. A Él confiamos nuestra plegaria por la salvación de la humanidad, la paz y la concordia de los pueblos, en el empeño por portar alivio a todo humano sufrimiento:

R. Venga tu Reino, Señor.

-Al apóstol Pedro, signo de solidez y de unidad, dirigimos nuestro pensamiento y oramos por su Sucesor, el Papa N.

+Por intercesión de María, Madre de la Iglesia, dale, Señor, la fuerza de confirmar a la Iglesia en la fe y la esperanza, y de guiarla hacia el encuentro con la humanidad de nuestro tiempo, para que ilumine los tiempos actuales con la luz siempre nueva del Evangelio. R.

-A María, Estrella de la evangelización, miramos hoy con particular fervor.

+Concédenos, Padre, saber responder a tu llamada a la santidad y a la misión, con un testimonio de vida conforme al Evangelio, con la cooperación en al anuncio de tu Reino por toda la Tierra y la generosa solidaridad para socorrer a quienes padecen graves necesidades. R.

-Jesucristo, semejante en todo a nosotros menos en el pecado, acoge a la humanidad sufriente y marginada; siguiéndolo, los santos se han inclinado hacia todo hermano llagado en el cuerpo o en el espíritu.

+Haz, Señor, que sepamos descubrir tu Rostro en todo ser humano que esté herido por el sufrimiento, los maltratos y la violencia, torturado por la opresión, y rechazado por la marginación, para que con la acogida y una sonrisa, transmitamos a todos un rayo de tu amor. R.

-Jesús ha venido para servir y no para ser servido.

+Inspira, Señor, a los responsables de las naciones, para que trabajen por el verdadero bien de la humanidad, que no cedan a los intereses de particulares, y que se dediquen al bienestar de todos, procurando la paz mundial, en la justicia y en el respeto de toda persona y de todo pueblo. R.

-La humanidad tiene la necesidad de hombres capaces de comprometerse totalmente en el servicio del Evangelio y de los hermanos.

+Acrecienta, Señor, el fervor de la comunidad cristiana, para que surjan de ella evangelizadores convencidos, valientes y preparados, que sepan ver las necesidades, discernir los signos de los tiempos y anunciar al mundo de hoy a Cristo Jesús, el único que puede dar sentido a la existencia humana. R.

-Volvamos la mirada a María, Aurora de salvación.

+Concede, Señor, esperanza a los desalentados y consuelo a los que sufren; refuerza nuestro empeño por legar un mundo mejor a la humanidad, combatiendo toda violencia y toda violación de la dignidad humana; favorece la fraternidad universal, la promoción de los pueblos y de sus culturas y el diálogo entre las religiones. R.

Oración conclusiva

"Escucha, Padre, las súplicas que Te hemos dirigido, Tú que quieres que todos sean salvos y has mandado a tu Hijo como Siervo de tu diseño de amor para toda la humanidad. Ayúdanos a construir tu Reino junto con Él en la vida y la verdad, la justicia y la paz, la solidaridad y la comunión. Tu Espíritu Santo nos ayude a comprender que hay mayor alegría en dar que en recibir, según las palabras del mismo Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén".

A continuación, se propone como otra oración conclusiva de las preces, una colecta alternativa a la de este domingo, tomada de la edición italiana del Misal Romano y traducida al castellano. Se reemplaza la conclusión trinitaria larga, propia de toda colecta, por la breve, típica de las demás oraciones litúrgicas:
 
"Oh, Dios, que en tu Hijo desnudo y humillado en la Cruz, has revelado la fuerza de tu amor, abre nuestro corazón al don de tu Espíritu Santo, y rompe las cadenas de la violencia y del odio, para que en la victoria del bien sobre el mal, demos testimonio de tu Evangelio de paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén".


Ofertorio

Al presentar el pan y el vino, hacemos ofrenda de nosotros mismos y también del universo material, que es todo él, expresión del "desmesurado cariño" del Señor hacia nosotros. (Cf. S.S. Francisco, Carta encíclica Laudato si, 84).


Comunión 

Infinito es el amor del Salvador: "Habiendo bastado su Encarnación para nuestra redención, (...) se entrega a nosotros en la santa Hostia solamente para nuestra santificación". (Santa Luisa de Marillac). 

Abramos las puertas de nuestro corazón al Rey que se nos ofrece como Pan, para que no seamos esclavos del mundo sino herederos del Cielo.


Despedida

"Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor es cariñoso con sus fieles". Al retirarnos de la iglesia, recordemos estas consoladoras palabras del salmo que hemos escuchado y permitámonos experimentar en nuestras vidas la gran verdad que expresan.


13 de febrero de 2017, lunes de la semana VI del Tiempo Ordinario.
Aniversario de la muerte terrena de la sierva de Dios Lucía Dos Santos, vidente de la Virgen de Fátima, en el año centenario de las Apariciones. (Entrada dedicada a la Virgen bajo esta advocación y a sor Lucía).
(Última actualización de la entrada: 17/02/17).

Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María: himnos litúrgicos


Imagen relacionada


La Orden de los Siervos de María, con el grado de "solemnidad", celebra a sus Siete Santos Fundadores el 17 de febrero, como el Calendario universal, en que es "memoria libre". Les dedica los siguientes himnos litúrgicos:



I Vísperas

HIMNO

Cuando la guerra sangra en las ciudades
y hunde al hermano en el tormento,
solícita la Virgen tiende a todos
paz y consuelo. 

Llama entonces a siete Siervos dóciles.
La caridad de Cristo arde en sus pechos.
Apaciguan las iras y predican
con el ejemplo.

María es quien convoca a estos Heraldos.
Dejan riquezas, el hogar espléndido,
y proclaman al par que de María
serán los Siervos.

Por consagrarse a Dios calladamente
y así esquivar el mundanal estrépito,
huyen de la ciudad y en el Senario
moran un tiempo.

Allí las culpas y pecados purgan
con el castigo corporal acerbo,
y en oración y lágrimas aplacan
al Juez Supremo.

Así pasan la vida en el Senario,
cual siete lirios de blancura plenos,
luminarias de Dios ante la Virgen,
siempre fulgiendo.

Honor al Padre y gloria sempiterna,
alabanza y amor al Unigénito
y al Espíritu, Llama, Uno
y Trino, en Tierra y Cielos. Amén.


Oficio de lecturas

HIMNO

La Madre Dolorosa, cual Maestra,
será la Regla, el Nombre, el Hábito.
Llamará muchos hijos, ¡oh!, de gracias
siempre colmándolos.

Encendidos del celo de otra Llama,
ansiosos bajan del feliz Senario,
por María encendiendo corazones
antes helados.

Así consiguen aplacar las iras,
sembrar la paz en vengativos ánimos,
alzar al triste, redimir al pobre
y ungir el llanto.

La Virgen acompaña a aquellos Siervos
y a la mansión los lleva del descanso.
Con diadema preciosa los corona
entre los santos.

Felices hoy escuchen nuestras súplicas.
Miren nuestras fatigas y trabajos,
atiendan con su luz nuestros anhelos
y nuestros cánticos.

Loor al Padre, a Cristo, el Unigénito,
y al Amor, el Espíritu Paráclito,
Trinidad y Unidad, Dios por los siglos, 
amor y salmos. Amén.



Laudes

HIMNO

A la sombra de estrellas de María,
surgieron en la Iglesia siete Hermanos,
siete antorchas celestes y humanísimas,
igual que siete Heraldos.

De la mano de nardos de la Madre,
ascienden a la cumbre del Senario.
Eran siete los Dones del Altísimo
y siete los Heraldos.

Otros vinieron al llamado límpido
de los Siervos hidalgos y entregados,
siete los elegidos de la Madre
y siete los Heraldos.

La muerte coronaba como reina
a los Siete en virtud siempre preclaros.
Sirvieron a la Virgen con sus obras,
igual que siete Heraldos.

Que nos protejan hoy, mañana y siempre;
que sigamos sus huellas imitándolos,
como siete testigos de nuestra Señora,
igual que siete Heraldos.

Honor y gloria y alabanza al Padre
y a Jesucristo, el címbalo y el cántico,
y en el regazo de la Virgen Madre,
gloria a los siete Heraldos. Amén

II Vísperas: como en las I Vísperas.


17 de febrero de 2017, memoria litúrgica (para los Servitas, solemnidad) de los siete santos Fundadores de la Orden de los Siervos de la Virgen María. Entrada dedicada a ellos.


Prefacio propio de los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de Santa María Virgen




La Orden de los Siervos de María celebra a sus siete santos Fundadores con el grado de "solemnidad" el 17 de febrero, el mismo día en que el Calendario universal los inscribe como "memoria facultativa", y en la Misa emplea el siguiente Prefacio:

 
PREFACIO 

Los ha llamado admirablemente al servicio de la gloriosa Madre de Dios.

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario. 

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, 
Dios todopoderoso y eterno.

Nosotros te alabamos,
te bendecimos y te
glorificamos en la solemnidad
(o en la conmemoración)
de nuestros santos Padres. 

Tú los llamaste en forma admirable
al glorioso servicio de la Madre de tu Hijo,
para que, permaneciendo fieles con ella
al pie de la Cruz, hicieran llegar al pueblo cristiano .
la salvación que mana abundantemente
de las LLagas de Cristo. 

Tú los uniste por medio de una admirable caridad,
y los enviaste como apóstoles de unión y de paz,
para que pusieran fin a las contiendas
y unieran a los pueblos
con vínculos de paz y de concordia. 

Por eso, con los ángeles y los arcángeles
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria: 

Santo, Santo, Santo...


17 de febrero de 2017, memoria litúrgica (para los Servitas, "solemnidad") de los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de la Virgen María. Entrada dedicada a ellos.

 Resultado de imagen para siete santos fundadores de la orden de los siervos

martes, 14 de febrero de 2017

Santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo: himnos litúrgicos


Resultado de imagen para cirilo y metodio


Los santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo, honra de los pueblos eslavos, están inscriptos en el Calendario universal el 14 de febrero como "memoria obligatoria". En Europa, por ser copatronos del continente, (junto con los santos Brígida, Teresa Benedicta de la Cruz y Benito), son celebrados con el rango litúrgico de "fiesta". Estos himnos se han compuesto en su honor:


Laudes

Luz noble de la patria, en favor de los pueblos
eslavos, oh, hermanos, como cada año os saludamos 
y entonamos un himno en honor vuestro.

Roma os acogió con gozo y os abrazó
cual madre a sus hijos, reconociendo vuestra gloria
abiertamente y confirmándoos su firme protección.

Fuisteis a anunciar a Cristo por tierras aún
bárbaras; a los engañados por vanos cultos,
les disteis el don sagrado de la fe.

Los corazones liberados del error
se encienden con ardor celestial;
la aspereza de los zarzales
se transforma en flores de santidad.

Y ahora, desde el Cielo, velad por los pueblos
del orbe; que imiten vuestras gestas
y brille la fe con más fulgor.

Gloria sea dada a la Trinidad;
que ella nos conceda seguir vuestros ejemplos
y nos permita alcanzar un día vuestro galardón. Amén.


Vísperas

Ensalzad, fieles, a los dos atletas
que han entrado en la gloria del Cielo;
ensalzad a los que fueron apoyo y gloria del pueblo eslavo.

Un único amor asoció a estos dos hermanos,
una misma compasión los sacó del desierto
para ofrecer a muchos el don de la vida eterna.

Hicieron llegar la luz del Cielo a búlgaros,
moravios y bohemios; condujeron hacia Pedro
a grupos descarriados, a turbas numerosas.

El mundo entero conozca, por vuestra intercesión,
el esplendor de la fe: Roma dará siempre
la salvación que nos obtuvo Cristo.

Alabanza a Ti, Cristo, que diste a tu pueblo
estos siervos que fueron grandes maestros de la fe;
haz que podamos participar de su gozo en el Cielo. Amén.



14 de febrero de 2017, memoria litúrgica (en Europa, "fiesta") de los santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo, copatronos de Europa. Entrada dedicada a ellos.


Imagen relacionada

San Juan Bautista de la Concepción, presbítero: himnos litúrgicos


 

San Juan Bautista de la Concepción es el gran reformador de la Orden de la Santísima Trinidad, y es por ella celebrado el 14 de febrero con el grado litúrgico de "fiesta". Estos son los  himnos que canta en su honor hoy en la Liturgia de las Horas la Familia trinitaria:

 
Oficio de lecturas


HIMNO I

Vuelves al Evangelio la mirada,
San Juan Bautista de la Concepción;
hablas con Cristo, el único Maestro:
sigues la senda de la perfección.

Siembras de santos las comunidades
con el fervor de espíritu inicial;
y así reformas a los trinitarios
actualizando pleno su ideal.

Amas la austeridad y la pobreza,
fundas nuevos conventos por doquier,
ves la Orden Trinitaria Reformada
en nueva primavera florecer.

Diálogo asiduo con las Tres Personas,
vives en trato familiar con Dios;
y es la fuente de todo apostolado
esa vida de amor y comunión.

Nos das la fuerza de tu testimonio,
tu seguimiento a Cristo siempre fiel;
más que los libros de tu magisterio
experiencia nos das de amor y fe.

Gloria a Dios Padre, Creador del mundo,
gloria a Dios Hijo que nos redimió,
gloria al Espíritu que nos santifica;
gloria en su Trinidad a solo Dios.

II

Himnos cantemos al ilustre padre
que, a Dios sirviendo desde temprana edad,
con puros actos, con santa vida,
del divino amor fue cautivado.
Urge ardoroso austeridad de vida
en cuanto abraza nuestra santa Orden
y que mantengan su rigor primero
la santa Regla.
Ruge el demonio, se conjura el hombre,
tierras y mares acumulan riesgos,
cruza fronteras y termina dando
cima a su empresa.
Roma recibe su visita; el Papa
atento escucha el suplicante
ruego de ardientes labios, y,
de Juan los pasos loa y aprueba.
Den alabanza perenne al Padre,
al Hijo juntamente y al Espíritu;
por siempre adoren en el orbe entero
todos los pueblos. Amén.
Laudes

HIMNO I

A tus pies venimos rendidos
a implorar tu socorro y favor,
no desoigas la súplica ardiente,
de quien canta en tu gloria y honor.

Eres, Juan, el vivo espejo,
de humildad y continencia,
de mansedumbre y paciencia,
y de santa caridad.

Tu vida nos entusiasma,
tus virtudes admiramos,
y tu favor esperamos 
en esta vida mortal.

Gloria al Padre, y al Hijo, 
y al Espíritu, por los siglos 
de los siglos. Amén.

II

Suplicantes cantemos la alabanza
del bueno, fiel y bienhadado siervo,
a gloria y alabanza del Dios Trino
que, a quienes lo confiesan, les da el premio.

Del mundo desdeñó las cosas prósperas,
del mismo modo que aceptó lo adverso.
Cifró en la caridad toda riqueza,
en la gracia de Dios permaneciendo.

Despreciando del mundo las riquezas,
igual que sus peligros y sus riesgos,
se afanó por las cosas celestiales,
eludiendo lo vil perecedero.

¡Oh, varón, justo, bienaventurado!
aplica tu interés a nuestros ruegos;
da a nuestra alma el consuelo del Bien Sumo,
y Él nos prepare de la vida el premio.

Honor, poder y gloria, sean dados
al Dios Trino, por siglos sempiternos.
Que siempre esté su ayuda con nosotros,
de sus santos por medio de los ruegos. Amén.


Vísperas

HIMNO I

¡Gloria y orgullo de la tierra hispana!
¡Vástago ilustre de La Mancha en flor!
¡Un hosanna potente de la tierra
se levanta a los cielos en tu honor!

No ceséis de cantar, celestes voces,
la gloria excelsa del Reformador,
cuyo nombre repiten los mortales:
¡San Juan Bautista de la Concepción!

Faltan laureles para tus sienes...
Flores no encuentro para tus pies...
El premio justo de tus virtudes
sólo en el Cielo se podrá ver.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

II

Tú, Juan, que gozas trinitaria gloria;
mientras recibes recompensa justa,
acepta la alabanza que te envían
cantos alegres.

Ardes en celo de llevar a Cristo
a infieles tierras; apaciguas ánimos,
aguas sagradas bañan y reprimen
duras costumbres.

Grandes empresas, incansable, emprendes,
rompes grilletes opresores; libres
haces de esclavos y al enfermo llevas
dulce consuelo.

Hablas con Cristo con ardiente acento.
A los antiguos, diligente, estudias,
y en tus escritos, devoción y ciencia
tienen luz pura.

Últimamente, rebosando méritos,
rindes tu cuerpo fatigado en Córdoba;
guarda tus huesos la ciudad dichosa
que te honra alegre.

Ínclito padre, vigilante mira,
esta familia reformada; aleja
de ella los males, y en el cielo un día
goce contigo.

Suenen loores sin cesar al Padre,
al Espíritu junto con el Hijo;
por siempre canten en el orbe eterno
todos los pueblos. Amén.


14 de febrero de 2017, en la Orden de la Santísima Trinidad, fiesta de San Juan Bautista de la Concepción, presbítero y reformador de la Orden.
Memoria litúrgica de los santos Cirilo, monje, y Metodio, obispo.
Entrada dedicada a los tres santos.


domingo, 12 de febrero de 2017

Prefacio propio de San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia

                              
                              

 
La Orden de San Benito celebra a san Pedro Damián con el título de "eremita", en el mismo día que lo menciona el Calendario universal (21 de febrero, como "memoria facultativa" o como "conmemoración" en Tiempo de Cuaresma), aunque con el grado litúrgico de "fiesta", y ha compuesto en su honor el siguiente Prefacio:


PREFACIO 

La presencia de los santos pastores en la Iglesia


V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro. 


Porque te dignaste destinar
a tu servidor san Pedro Damián,
como amigo de la eterna Sabiduría,
para que con entusiasmo te buscara en todas partes
a ti, Creador del universo,
y te encontrase como el Sumo Bien
y lo más admirable de cuanto existe. 


Del mismo modo que asoció
la ciencia humana con la fe divina
en la búsqueda de la verdad,
así, de igual forma,
promovió la concordia entre los hombres,
buscando con esfuerzo la paz.


Vivió lleno de devoción,
adorando con fervor la Eucaristía
y venerando con amor filial
a la Madre de tu Hijo hecho hombre. 


Por eso, unidos a los coros de los ángeles,
te alabamos llenos de alegría... 



12 de febrero de 2017, domingo VI del Tiempo Ordinario.
Aniversario del martirio de los cristianos de Abitinia, defensores de la importancia de la santificación del domingo. Entrada dedicada a ellos y a san Pedro Damián en el "día del Señor", primero de la semana y de la novena del santo.

Resultado de imagen para martires de abitinia
                                    

sábado, 11 de febrero de 2017

Oraciones de curación




 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Instrucción sobre las oraciones para obtener de Dios la curación

INTRODUCCIÓN

El anhelo de felicidad, profundamente radicado en el corazón humano, ha sido acompañado desde siempre por el deseo de obtener la liberación de la enfermedad y de entender su sentido cuando se experimenta. Se trata de un fenómeno humano que, interesando de una manera u otra a toda persona, encuentra en la Iglesia una resonancia particular. En efecto, la enfermedad se entiende como medio de unión con Cristo y de purificación espiritual y, por parte de aquellos que se encuentran ante la persona enferma, como una ocasión para el ejercicio de la caridad. Pero no sólo eso, puesto que la enfermedad, como los demás sufrimientos humanos, constituye un momento privilegiado para la oración: sea para pedir la gracia de acoger la enfermedad con fe y aceptación de la voluntad divina, sea para suplicar la curación. Son dos alternativas que siempre hay que considerar, aunque humanamente tendamos a la segunda.
La oración que implora la recuperación de la salud es, por lo tanto, una experiencia presente en toda época de la Iglesia, y naturalmente lo es en el momento actual. Lo que constituye un fenómeno en cierto modo nuevo es la multiplicación de encuentros de oración, unidos a veces a celebraciones litúrgicas, cuya finalidad es obtener de Dios la curación, o mejor, las curaciones. En algunos casos, no del todo esporádicos, se proclaman curaciones realizadas, suscitándose así esperanzas de que el mismo fenómeno se repetirá en otros encuentros semejantes. En este contexto a veces se apela a un pretendido carisma de curación.

Semejantes encuentros de oración para obtener curaciones plantean además la cuestión de su justo discernimiento desde el punto de vista litúrgico, con particular atención a la autoridad eclesiástica, a la cual compete vigilar y dar normas oportunas para el recto desarrollo de las celebraciones litúrgicas.

Ha parecido, por tanto, oportuno publicar una Instrucción que, a norma del can. 34 del Código de Derecho Canónico, sirva sobre todo para ayudar a los Ordinarios del lugar, de manera que puedan guiar mejor a los fieles en esta materia, favoreciendo cuanto hay de bueno y corrigiendo lo que se debe evitar.

Era preciso, sin embargo, que las disposiciones disciplinares tuvieran con punto de referencia un marco doctrinal bien fundado, que garantizara su justa orientación y aclarara su razón normativa. Con este fin, la Congregación par la Doctrina de la Fe, simultáneamente a la susodicha Instrucción, publica una Nota doctrinal sobre la gracia de la curación y las oraciones para obtenerla.

I. ASPECTOS DOCTRINALES


Enfermedad y curación: su sentido y valor en la economía de la salvación

"El hombre está llamado a la alegría, pero experimenta diariamente tantísimas formas de sufrimiento y de dolor". (1) Por eso, el Señor, al prometer la redención, anuncia el gozo del corazón unido a la liberación del sufrimiento (cf. Is. 30,29; 35,10; Ba. 4,29). En efecto, Él es "aquel que libra de todo mal" (Sab. 16, 8).

Entre los sufrimientos, aquellos que acompañan la enfermedad son una realidad continuamente presente en la historia humana, y son también parte del profundo deseo del hombre de ser liberado de todo mal.

Pero la enfermedad se manifiesta con un carácter ambivalente, ya que por una parte se presenta como un mal cuya aparición en la historia está vinculada al pecado y del cual se anhela la salvación, y por otra parte puede llegar a ser medio de victoria contra el pecado.

En el Antiguo Testamento, "Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal". (2) Entre los castigos con los cuales Dios amenazaba al pueblo por su infidelidad, encuentran un amplio espacio las enfermedades (cf. Dt. 28, 21-22.27-29.35). El enfermo que implora de Dios la curación confiesa que ha sido justamente castigado por sus pecados (cf. Sal. 37[38]; 40[41]; 106[107], 17-21).

Pero la enfermedad hiere también a los justos, y el hombre se pregunta el porqué. En el libro de Job este interrogante atraviesa muchas de sus páginas. Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo.

La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento... Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba".(3)

La enfermedad, aún teniendo aspectos positivos en cuanto demostración de la fidelidad del justo y medio para compensar la justicia violada por el pecado, y también como ocasión para que el pecador se arrepienta y recorra el camino de la conversión, sigue siendo un mal. Por eso el profeta anuncia un tiempo futuro en el cual no habrá desgracias ni invalidez, ni el curso de la vida será jamás truncado por la enfermedad mortal (cf. Is. 35, 5-6; 65, 19-20).

Sin embargo, es en el Nuevo Testamento donde encontramos una respuesta plena a la pregunta de por qué la enfermedad hiere también al justo. En su actividad pública, la relación de Jesús con los enfermos no es esporádica, sino constante. Él cura a muchos de manera admirable, hasta el punto de que las curaciones milagrosas caracterizan su actividad: "Jesús recorría todas las ciudades y aldeas; enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanado toda enfermedad y toda dolencia" (Mt. 9, 35; cf. 4, 23). Las curaciones son signo de su misión mesiánica (cf. Lc. 7, 20-23). Ellas manifiestan la victoria del Reino de Dios sobre todo tipo de mal y se convierten en símbolo de la curación del hombre entero, cuerpo y alma. En efecto, sirven para demostrar que Jesús tiene el poder de perdonar los pecados (cf. Mc. 2, 1-12), y son signo de los bienes salvíficos, como la curación del paralítico de Bethesda (cf. Jn 5, 2-9.19.21) y del ciego de nacimiento (cf. Jn. 9).

También la primera evangelización, según las indicaciones del Nuevo testamento, fue acompañada de numerosas curaciones prodigiosas que corroboraban la potencia del anuncio evangélico. Ésta había sido la promesa hecha por Jesús resucitado, y las primeras comunidades cristianas veían su cumplimiento en medio de ellas: "Estas son las señales que acompañarán a los que crean: (...) impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien" (Mc. 16, 17-18). La predicación de Felipe en Samaría fue acompañada por curaciones milagrosas: "Felipe bajó a una ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados" (Hch. 8, 5-7). San Pablo presenta su anuncio del Evangelio como caracterizado por signos y prodigios realizados con la potencia del Espíritu: "Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios" (Rm. 15, 18-19; cf. 1 Ts.1, 5; 1 Co. 2, 4-5). No es en absoluto arbitrario suponer que tales signos y prodigios, manifestaciones de la potencia divina que asistía la predicación, estaban constituidos en gran parte por curaciones portentosas. Eran prodigios que no estaban ligados exclusivamente a la persona del Apóstol, sino que se manifestaban también por medio de los fieles: "El que os otorga, pues, el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace porque observáis la ley o porque tenéis fe en la predicación" (Ga. 3, 5).

La victoria mesiánica sobre la enfermedad, así como sobre otros sufrimientos humanos, no se da solamente a través de su eliminación por medio de curaciones portentosas, sino también por medio del sufrimiento voluntario e inocente de Cristo en su Pasión y dando a cada hombre la posibilidad de asociarse a ella. En efecto, "el mismo Cristo, que no cometió ningún pecado, sufrió en su Pasión penas y tormentos de todo tipo, e hizo suyos los dolores de todos los hombres: cumpliendo así lo que de Él había escrito el profeta Isaías (cf. Is. 53, 4-5)".(4) Pero hay más: "En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. (...) Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. De modo que es incompleta toda visión que considere tal sufimiento únicamente como la consecuencia del pecado de un particular o de un grupo, aunque también es cierto que el sufrimiento en sí, en general, es consecuencia del pecado de nuestros primeros padres. 
Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo". (5)

La Iglesia acoge a los enfermos no solamente como objeto de su cuidado amoroso, sino también porque reconoce en ellos la llamada "a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas.

Las palabras del apóstol Pablo han de convertirse en su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace resplandecer a sus ojos el significado de gracia de su misma situación: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col. 1, 24). (6) Precisamente haciendo este descubrimiento, el apóstol alcanzó la alegría: "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros" (Col. 1, 24)". Se trata del gozo pascual, fruto del Espíritu Santo. Y, como San Pablo, también "muchos enfermos pueden convertirse en portadores del "gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones" (1 Ts. 1, 6) y ser testigos de la Resurrección de Jesús".(7)

2. El deseo de curación y la oración para obtenerla.

Supuesta la aceptación de la voluntad de Dios, el deseo del enfermo de obtener la curación es bueno y profundamente humano, especialmente cuando se traduce en la oración llena de confianza dirigida a Dios. A ésta exhorta el Sirácida: "Hijo, en tu enfermedad no te deprimas, sino ruega al Señor, que él te curará" (Si. 38, 9). Varios salmos constituyen una súplica por la curación (cf. Sal. 6, 37[38]; 40[41]; 87[88]).

Durante la actividad pública de Jesús, muchos enfermos se dirigen a Él, ya sea directamente o por medio de sus amigos o parientes, implorando la restitución de la salud. El Señor acoge estas súplicas y los Evangelios no contienen la mínima crítica a tales peticiones. El único lamento del Señor tiene qué ver con la eventual falta de fe: "¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!" (Mc. 9, 23; cf. Mc. 6, 5-6; Jn. 4, 48).

Liturgia y enfermos

No solamente es loable la oración de los fieles individuales que piden la propia curación o la de otro, sino que la Iglesia en la liturgia pide al Señor la curación de los enfermos. (El santo Pontífice Juan Pablo II ha instituido a perpetuidad, con el mismo fin, la "Jornada Mundial de Oración por los enfermos", fijándola el 11 de febrero, memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourses). Ante todo, dispone de un sacramento "especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos".(8) "En él, por medio de la unción, acompañada por la oración de los sacerdotes, la Iglesia encomienda los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que les dé el alivio y la salvación". (9)

Inmediatamente antes, en la Bendición del óleo, la Iglesia pide: "infunde tu santa bendición, para que cuantos reciban la unción con este óleo sean confortados en el cuerpo, en el alma y en el espíritu, y sean liberados de todo dolor, de toda debilidad y de toda dolencia"; (10) y más tarde, en los dos primeros formularios de oración después de la unción, se pide la curación del enfermo.(11) Ésta, puesto que el sacramento es prenda y promesa del Reino futuro, es también anuncio de la resurrección, cuando "no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4). Además, el Missale Romanum contiene una Misa pro infirmis y en ella, junto a las gracias espirituales, se pide la salud de los enfermos.(12)

En el De benedictionibus ("Bendicional") del Rituale Romanum, existe un Ordo benedictionis infirmorum, en el cual hay varios textos eucológicos que imploran la curación: en el segundo formulario de las Preces (13), en las cuatro Orationes benedictionis pro adultis, (14) en las dos Orationes benedictionis pro pueris, (15) en la oración del Ritus brevior (16).

Obviamente, el recurso a la oración no excluye, sino que al contrario anima a usar los medios naturales para conservar y recuperar la salud, así como también incita a los hijos de la Iglesia a cuidar a los enfermos y a llevarles alivio en el cuerpo y en el espíritu, tratando de vencer la enfermedad. En efecto, "es parte del plan de Dios y de su providencia que el hombre luche con todas sus fuerzas contra la enfermedad en todas sus manifestaciones, y que se emplee, por todos los medios a su alcance, para conservarse sano". (17) El cuidado de la salud propia y ajena, al que también estamos obligados, involucra al mandamiento de la caridad fraterna y es la contracara de la solicitud por los enfermos.

3. El carisma de la curación en el Nuevo Testamento.

No solamente las curaciones prodigiosas confirmaban la potencia del anuncio evangélico en los tiempos apostólicos, sino que el mismo Nuevo Testamento hace referencia a una verdadera y propia concesión hecha por Jesús a los Apóstoles y a otros primeros evangelizadores de un poder para curar las enfermedades. Así, en el envío de los Doce a su primera misión, según las narraciones de Mateo y Lucas, el Señor les concede "poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia" (Mt. 10, 1; cf. Lc. 9, 1), y les da la orden: "curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios" (Mt. 10, 8). También en la misión de los Setenta y dos discípulos, la orden del Señor es: "curad a los enfermos que encontréis" (Lc. 10, 9). El poder, por lo tanto, viene conferido dentro de un contexto misionero, no para exaltar sus personas, sino para confirmar la misión.

Los Hechos de los Apóstoles hacen referencia en general a prodigios realizados por ellos: "los Apóstoles realizaban muchos prodigios y señales" (Hch. 2, 43; cf. 5, 12). Eran prodigios y señales, o sea, obras portentosas que manifestaban la verdad y la fuerza de su misión. Pero, aparte de estas breves indicaciones genéricas, los Hechos hacen referencia sobre todo a curaciones milagrosas realizadas por obra de evangelizadores individuales: Esteban (cf. Hch. 6, 8), Felipe (cf. Hch. 8, 6-7), y sobre todo Pedro (cf. Hch. 3, 1-10; 5, 15; 9, 33-34.40-41) y Pablo (cf. Hch. 14, 3.8-10; 15, 12; 19, 11-12; 20, 9-10; 28, 8-9).

Tanto el final del Evangelio de Marcos como la carta a los Gálatas, como se ha visto más arriba, amplían la perspectiva y no limitan las curaciones milagrosas a la actividad de los Apóstoles o de a algunos evangelizadores con un papel de relieve en la primera misión. Bajo este aspecto, adquieren especial importancia las referencias a los "carismas de curación" (cf. 1 Co. 12, 9.28.30). El significado de carisma es, en sí mismo, muy amplio: significa "don generoso"; y en este caso se trata de "dones de curación ya obtenidos". Estas gracias, en plural, son atribuidas a un individuo (cf. Co. 12,9); por lo tanto, no se pueden entender en sentido distributivo, como si fueran curaciones que cada uno de los beneficiados obtiene para sí mismo, sino como un don concedido a una persona para que obtenga las gracias de curación en favor de los demás. Ese don se concede in uno Spiritu, pero no se especifica cómo aquella persona obtiene las curaciones. No es arbitrario sobreentender que lo hace por medio de la oración, tal vez acompañada de algún gesto simbólico.

En la Carta de Santiago se hace referencia a una intervención de la Iglesia, por medio de los presbíteros, en favor de la salvación de los enfermos, entendida también en sentido físico. Sin embargo, no se da a entender que se trate de curaciones prodigiosas; nos encontramos en un ámbito diferente al de los "carismas de curación" de 1 Co. 12, 9. "¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo y el Señor lo levantará, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (St. 5, 14-15). Se trata de una acción sacramental: unción del enfermo con aceite y oración sobre él, no simplemente "por él", como si no fuera más que una oración de intercesión o de petición; se trata más bien de una acción eficaz sobre el enfermo.(18) Los verbos "salvará" y "levantará" no sugieren una acción dirigida exclusivamente, o sobre todo, a la curación física, pero en un cierto modo la incluyen. El primero verbo, aunque en las otras ocasiones aparece en la Carta se refiere a la salvación espiritual (cf. 1, 21; 2, 14; 4, 12; 5, 20), en el Nuevo Testamento se usa también en el sentido de curar (cf. Mt. 9, 21; Mc. 5, 28.34; 6, 56; 10, 52; Lc. 8, 48); el segundo verbo, aunque asume a veces el sentido de "resucitar" (cf. Mt. 10, 8; 11, 5; 14, 2), también se usa para indicar el gesto de "levantar" a la persona postrada a causa de una enfermedad, curándola milagrosamente (cf. Mt. 9, 5; Mc. 1, 31; 9, 27; Hch. 3, 7).

4. Las oraciones litúrgicas para obtener de Dios la curación en la Tradición.

Los Padres de la Iglesia consideraban algo normal que los creyentes pidieran a Dios no solamente la salud del alma, sino también la del cuerpo. A propósito de los bienes de la vida, de la salud y de la integridad física, San Agustín escribía: "Es necesario rezar para que nos sean conservados, cuando se tienen, y que nos sean concedidos, cuando no se tienen". (19) El mismo Padre de la Iglesia nos ha dejado un testimonio acerca de la curación de un amigo, obtenida en su casa por medio de las oraciones de un Obispo, de un sacerdote y de algunos diáconos.(20)
La misma orientación se observa en los ritos litúrgicos tanto occidentales como orientales. En una oración después de la comunión se pide que "el poder de este sacramento... nos colme en el cuerpo y en el alma" (21). En la solemne acción litúrgica del Viernes Santo se invita a orar a Dios Padre omnipotente para que "aleje las enfermedades... conceda la salud a los enfermos" (22). Entre los textos más significativos se señala el de la bendición del óleo para los enfermos. Aquí se pide a Dios que infunda su santa bendición "para que cuantos reciban la unción con este óleo obtengan la salud del cuerpo, del alma y del espíritu, y sean liberados de toda dolencia, debilidad y sufrimiento"(23).
No son diferentes las expresiones que se leen en los ritos orientales de la unción de los enfermos.

Recordamos solamente algunas entre las más significativas. En el rito bizantino, durante la unción del enfermo, se dice: "Padre Santo, médico de las almas y de los cuerpos, que has mandado a tu Unigénito Hijo Jesucristo a curar toda enfermedad y a librarnos de la muerte, cura también a este siervo tuyo de la enfermedad de cuerpo y del espíritu que ahora lo aflige, por la gracia de tu Cristo"(24). En el rito copto se invoca al Señor para que bendiga el óleo a fin de que todos aquellos que reciban la unción puedan obtener la salud del espíritu y del cuerpo. Más adelante, durante la unción del enfermo, los sacerdotes, después de haber hecho mención a Jesucristo, que fue enviado al mundo "para curar todas las enfermedades a librar de la muerte", piden a Dios que "cure al enfermo de la dolencia del cuerpo y que le conceda caminar por la vía de la rectitud" (25). Nunca se disocian, como puede verse, la salud del alma de la del cuerpo.
Hay sacramentales de las diferentes Órdenes religiosas que se expresan en el mismo sentido: baste pensar en los ritos de bendición y aplicación del aceite de san Serapio o de santa Rita, en las reespectivas familias religiosas, del Rosario de María, Rosa Mística, el agua de la célebre Gruta de Lourdes y tantos otros.

5. Implicaciones doctrinales del "carisma de curación" en el contexto actual

Durante los siglos de la historia de la Iglesia no han faltado santos taumaturgos que han operado curaciones milagrosas. El fenómeno, por lo tanto, no se limita a los tiempos apostólicos; sin embargo, el llamado "carisma de curación" acerca del cual es oportuno ofrecer ahora algunas aclaraciones doctrinales, no se cuenta entre esos fenómenos taumatúrgicos. La cuestión se refiere más bien a los encuentros de oración organizados expresamente para obtener curaciones prodigiosas entre los enfermos participantes, o también a las oraciones de curación que se tienen al final de la comunión eucarística con el mismo propósito.

Las curaciones ligadas a lugares de oración (santuarios, recintos donde se custodian reliquias de mártires o de otros santos, etc.) han sido testimoniadas abundantemente a través de la historia de la Iglesia. Ellas contribuyeron a popularizar, en la antigüedad y en el medioevo, las peregrinaciones a algunos santuarios que, también por esta razón, se hicieron famosos, como el de San Martín de Tours o la catedral de Santiago de Compostela, y tantos otros. También actualmente sucede lo mismo, como por ejemplo en Lourdes, desde hace más de un siglo. Tales curaciones no implican un "carisma de curación", ya que no pueden atribuirse a un eventual sujeto de tal carisma, sin embargo, es necesario tener cuenta de las mismas cuando se trate de evaluar doctrinalmente los ya mencionados encuentros de oración.

Por lo que se refiere a los encuentros de oración con el objetivo preciso de obtener curaciones —objetivo que, aunque no sea prevalente, al menos ciertamente influye en la programación de los encuentros—, es oportuno distinguir entre aquellos que pueden hacer pensar en un "carisma de curación", sea verdadero o aparente, o los otros que no tienen ninguna conexión con tal carisma. Para que puedan considerarse referidos a un eventual carisma, es necesario que aparezca determinante para la eficacia de la oración la intervención de una o más personas individuales o pertenecientes a una categoría cualificada, como, por ejemplo, los dirigentes del grupo que promueve el encuentro. Si no hay conexión con el "carisma de curación", obviamente, las celebraciones previstas en los libros litúrgicos, realizadas en el respeto de las normas litúrgicas, son lícitas, y con frecuencia oportunas, como en el caso de la Misa pro infirmis. Si no respetan las normas litúrgicas, carecen de legitimidad. Esta afirmación es de suma importancia. Desafortunadamente, en no pocos lugares, en las llamadas "Misas de sanación" se produce una cantidad lamentable de abusos litúrgicos, lo que las hace literalmente ilegítimas. En varios casos, existe un deseo más bien de causar efectos emotivos que de rendir culto al verdadero Dios y elevrle la súplica de hijos.

En los santuarios también son frecuentes otras celebraciones que por sí mismas no están orientadas específicamente a pedirle a Dios gracias de curaciones, y sin embargo, en la intención de los organizadores y de los participantes, tienen como parte importante de su finalidad la obtención de la curación; se realizan por esta razón celebraciones litúrgicas, como por ejemplo, la exposición de Santísimo Sacramento con la bendición; o no litúrgicas, sino de piedad popular, animada por la Iglesia, como la recitación solemne del Rosario. También estas celebraciones son legítimas, siempre que no se altere su auténtico sentido. Por ejemplo, no se puede poner en primer plano el deseo de obtener la curación de los enfermos, haciendo perder a la exposición de la Santísima Eucaristía su propia finalidad; ésta, en efecto, "lleva a los fieles a reconocer en ella la presencia admirable de Cristo y los invita a la unión de espíritu con Él, unión que encuentra su culmen en la Comunión sacramental".(26)

El "carisma de curación" no puede ser atribuido a una determinada clase de fieles. En efecto, queda bien claro que San Pablo, cuando se refiere a los diferentes carismas en 1 Co 12, no atribuye el don de los "carismas de curación" a un grupo particular, ya sea el de los apóstoles, el de los profetas, el de los maestros, el de los que gobiernan o el de algún otro; es otra, al contrario, la lógica la que guía su distribución: "Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad" (1 Co. 12, 11). En consecuencia, en los encuentros de oración organizados para pedir curaciones, sería arbitrario atribuir un "carisma de curación" a una cierta categoría de participantes, por ejemplo, los dirigentes del grupo; no queda otra opción que la de confiar en la libérrima voluntad del Espíritu Santo, el cual dona a algunos un carisma especial de curación para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más intensas obtiene la curación de todas las enfermedades. Así, el Señor dice a San Pablo: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Co. 12, 9); y San Pablo mismo, refiriéndose al sentido de los sufrimientos que hay que soportar, dirá "completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col. 1, 24).

II. ASPECTOS DISCIPLINARES

Art. 1

–Los fieles son libres de elevar oraciones a Dios para obtener la curación. Cuando éstas se realizan en la Iglesia o en otro lugar sagrado, es conveniente que sean guiadas por un sacerdote o un diácono.

Art. 2

–Las oraciones de curación son litúrgicas si aparecen en los libros litúrgicos aprobados por la autoridad competente de la Iglesia; de lo contrario no son litúrgicas.

Art. 3

§ 1. Las oraciones litúrgicas de curación deben ser celebradas de acuerdo con el rito prescrito y con las
vestiduras sagradas indicadas en el Ordo benedictionis infirmorum del Rituale Romanum. (27)

§ 2. Las Conferencias Episcopales, conforme con lo establecido en los Prenotanda, V, De aptationibus quae Conferentiae Episcoporum competunt, (28) del mismo Rituale Romanum, pueden introducir adaptaciones al rito de las bendiciones de los enfermos, que se retengan pastoralmente oportunas o eventualmente necesarias, previa revisión de la Sede Apostólica.

Art. 4 

§ 1. El Obispo diocesano (29) tiene derecho a emanar normas para su Iglesia particular sobre las celebraciones litúrgicas de curación, de acuerdo con el can. 838 § 4.

§ 2. Quienes preparan los mencionados encuentros litúrgicos, antes de proceder a su realización, deben atenerse a tales normas.

§ 3. El permiso debe ser explícito, incluso cuando las celebraciones son organizadas o cuenten con la participación de Obispos o Cardenales de la Santa Iglesia Romana. El Obispo diocesano tiene derecho a prohibir tales acciones a otro Obispo, siempre que subsista una causa justa y proporcionada.

Art. 5

§ 1. Las oraciones de curación no litúrgicas se realizan con modalidades distintas de las celebraciones
litúrgicas, como encuentros de oración o lectura de la Palabra de Dios, sin menoscabo de la vigilancia del Ordinario del lugar, a tenor del can. 839 § 2.

§ 2. Evítese cuidadosamente cualquier tipo de confusión entre estas oraciones libres no litúrgicas y las celebraciones litúrgicas propiamente dichas.

§ 3. Es necesario, además, que durante su desarrollo no se llegue, sobre todo por parte de quienes los guían, a formas semejantes al histerismo, a la artificiosidad, a la teatralidad o al sensacionalismo.

Art. 6

–El uso de los instrumentos de comunicación social, en particular la televisión, mientras se desarrollan las oraciones de curación, litúrgicas o no litúrgicas, queda sometido a la vigilancia del Obispo diocesano, deacuerdo con el can. 823, y a las normas establecidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe en la Instrucción del 30 de marzo de 1992.(30)

Art. 7

§ 1. Manteniéndose lo dispuesto más arriba en el art. 3, y salvas las funciones para los enfermos previstas en los libros litúrgicos, en la celebración de la Santísima Eucaristía, de los Sacramentos y de la Liturgia de las Horas no se deben introducir oraciones de curación, litúrgicas o no litúrgicas.

§ 2.  Durante las celebraciones, a las que hace referencia el § 1, se da la posibilidad de introducir intenciones especiales de oración por la curación de los enfermos en la oración común o "de los fieles", cuando ésta sea prevista.

Art. 8

§ 1. El ministerio del exorcistado debe ser ejercitado en estrecha dependencia del Obispo diocesano, y de acuerdo con el can. 1172, la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 29 de septiembre de 1985 (31) y el Rituale Romanum. (32)

§ 2. Las oraciones de exorcismo, contenidas en el Rituale Romanum, debe permanecer distintas de las oraciones usadas en las celebraciones de curación, litúrgicas o no litúrgicas.

§ 3. Queda absolutamente prohibido introducir tales oraciones en la celebración de la Santa Misa, de los Sacramentos o de la Liturgia de las Horas.

Art. 9

–Quienes guían las celebraciones, litúrgicas o no, se deben esforzar por mantener un clima de serena devoción en la asamblea y usar la prudencia necesaria si se produce alguna curación entre los presentes; concluida la celebración, podrán recoger con simplicidad y precisión los eventuales testimonios y someter el hecho a la autoridad eclesiástica competente.

Art. 10

La intervención del Obispo diocesano es necesaria cuando se verifiquen abusos en las celebraciones de curación, litúrgicas o no litúrgicas, en caso de evidente escándalo para comunidad de fieles y cuando se produzcan graves desobediencias a las normas litúrgicas e disciplinares.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en el curso de la audiencia concedida al Prefecto, ha aprobado la presente Instrucción, decidida en la reunión ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado su publicación.

Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 14 de semptiembre de 2000, Fiesta de la Exaltacion de la Cruz.

+ Ioseph Card. RATZINGER
Prefecto

+ Tarcisio BERTONE, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario


NOTAS

(1) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 53, AAS 81(1989), p. 498.
(2) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1502.
(3) JUAN PABLO II, Carta Apostólica Salvificis doloris, n. 11, AAS 76(1984), p. 212.
(4) Rituale Romanum, Ex Decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum, Auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, Ordo Unctionis Infirmorum eorunque Pastoralis Curae, Editio tyipica, Typis Polyglottis Vaticanis, MCMLXXII, n. 2.
(5) JUAN PABLO II, Carta Apostólica Salvificis doloris, n. 19, AAS 76(1984), p. 225.
(6) JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 53, AAS 81(1989), p. 499.
(7) Ibid., n. 53.
(8) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1511.
(9) Cf. Rituale Romanum, Ordo Unctionis Infirmorum eorunque Pastoralis Curae, n. 5.
(10) Ibid., n. 75.
(11) Ibid., n. 77.
(12) Missale Romanum, Ex Decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum, Auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, Edtio typica altera, Typis Polyglottis Vaticanis, MCMLXXV, pp. 838-839.
(13) Cf. Rituale Romanum, Ex Decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum, Auctoritate Ioannis Pauli PP. II promulgatum, De Benedictionibus , Edtio tyipica, Typis Polyglottis Vaticanis, MCMLXXXIV, n. 305.
(14) Cf. Ibid., nn. 306-309.
(15) Cf. Ibid., nn. 315-316.
(16) Cf. Ibid., n. 319.
(17) Rituale Romanum, Ordo Unctionis Infirmorum eorunque Pastoralis Curae, n. 3.
(18) Cf. CONCILIO DE TRENTO, secc. XIV, Doctrina de sacramento estremae unctionis, cap. 2: DS, 1696.
(19) AUGUSTINUS IPPONIENSIS, Espistulae 130, VI,13 (PL 33,499).
(20) Cf. AUGUSTINUS IPPONIENSIS, De Civitate Dei, 22, 8,3 (= PL 41,762-763).
(21) Cf. Missale Romanum, p. 563.
(22) Ibid., Oratio universalis, n. X (Pro tribulatis, p. 256).
(23) Rituale Romanum, Ordo Unctionis Infirmorum eorunque Pastoralis Curae, n. 75.
(24) GOAR J., Euchologion sive Rituale Grecorum, Venetiis 1730, (Graz 1960), n. 338.
(25) DENZINGER H., Ritus Orientalium in administrandis Sacramentis, vv. I-II, Würzburg 1863 (Graz 1961), v. II, pp. 497-498.
(26) Rituale Romanum, Ex Decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum, Auctoritate Pauli PP. VI promulgatum, De Sacra Communione et de Cultu Mysterii Eucharistici Extra Missam, Edtio tyipica, Typis Polyglottis Vaticanis, MCMLXXIII, n. 82.
(27) Cf. Rituale Romanum, De Benedictionibus, nn. 290-320.
(28) Ibid., n. 39.
(29) Y los que a él se equiparan, de acuerdo con el can. 381, § 2.
(30) Congregación Para La Doctrina De La Fe, Instrucción. El Concilio Vaticano II, acerca de algunos aspectos del uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe, 30 de marzo de 1992, Ciudad del Vaticano [1992].
(31) Congregatio Pro Doctrina Fidei, Epistula Inde ab aliquot annis, Ordinariis locorum missa: in mentem normae vigentes de exorcismis revocatur, 29 septembris 1985, in AAS 77(1985), pp. 1169-1170.
(32) Cf. Rituale Romanum, Ex Decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II instauratum, Auctoritate Ioannis Pauli PP. VI promulgatum, De exorcismis et supplicationibus quibusdam, Edtio tyipica, Typis Polyglottis Vaticanis, MIM, Praenotanda, nn. 13-19.


11 de febrero de 2017, memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes. Entrada dedicada a ella.
XXV Jornada Mundial del enfermo.


Imagen relacionada